Or le Iom Hei, 3 Tishrei 5769
Así como en algún momento se hizo con “la libertad” hoy se habla mucho del “cambio”, hace meses que esta palabra se viene “sobre-utilizando” por no decir prostituyendo. Muchísimos todólogos pululan por todos los medios de comunicación incluso en las habituales charlas de amigos, dando la receta mágica del cambio, la fórmula del elixir que súbitamente nos llevará de nuestra realidad actual a un país soñado en el lapso de tiempo en que usted prepara su tereré.
Del galo y luego del latín viene la palabra “cambiar” (transformar o convertir), y siempre me gusta ir al origen de las cosas, porque (aprovechando el juego de palabras) es allí (en el umbral de todas las cosas) cuando uno puede comprenderlas para luego cambiarlas. Entonces me pregunto: ¿Fuimos al origen de lo que queremos cambiar?
Todos tenemos algún tipo de orden de prioridades de aquello que nos gustaría ver diferente, seguramente va desde lo más primordial hasta lo más superficial, sin embargo, en algo casi todos coincidimos en colocar en primer lugar… “La educación”.
Un pueblo que realmente batalla contra la ignorancia y la mediocridad es aquel que logra sus sueños, pero tanto nos apuramos en soñar que nos olvidamos de aquello que convierte nuestros sueños en hermosas utopías: el “oparei”.
Recuerdo a un amigo haciendo una grandiosa historia sobre una tierra perdida en los recuerdos llamada Paraguay, que fue desapareciendo de a poco gracias a una combinación de palabras malditas: “Así nomás…”.
El cambio creo yo que llegará, el día en que dejemos de ser tan mesiánicos con nuestras esperanzas y tan cómodos con nuestras acciones, cuando dejemos de pasar por alto la mediocridad y el conformismo, cuando cumplamos la ley no por miedo al castigo sino por amor a una sociedad armónica, cuando dejemos de pasar por abajo del molinete por la fatiga de cumplir con los estándares, cuando aprendamos a copiar lo mejor de los mejores sin perder nuestra identidad, cuando dejemos de hablar tanto del que pide soborno y castiguemos al que lo paga, cuando aprendamos que el cambio comienza por lo que le enseño con mis actos a mis hijos y a mis amigos… cuando entendamos que la critica debe ser constructiva y que no debe derribar al que está haciendo algo, sino ayudarlo a realizarlo mejor…
Y aquél día en que dejemos de pensar todo esto como un imposible más, aquél día que cada uno forme con amor y patriotismo el ladrillo que aportará a la construcción de una sociedad más justa y sabia… ése día por fin comprenderemos que educándonos con excelencia en la tolerancia, el respeto y la solidaridad conseguiremos hacer de nuestra preciosa utopía guaraní… un hermoso lugar para vivir.
Sebastián Tallon
Escrito para la Revista Órbita Octubre de 2008