Iom Bet, 1 de Jeshvan 5770
A fines del mes pasado me llegó un correo que tenía un cuento que ya había escuchado, cito:
“Había dos vendedores de zapatos, ambos viajan a un país de tercer mundo y uno de ellos llama a su esposa apenas aterrizan “Cariño, vuelvo a casa. No hay esperanza en este lugar. Nadie usa zapatos, así que no hay a quien venderle”. Y regresa a su casa en el siguiente vuelo. El otro vendedor llama a su esposa y dice “Mi amor, no me vas a creer lo que encontré acá. Hay una gran oportunidad ¡Nadie trae zapatos puedo venderle a todo el país”. Fin de la cita.
La historia siempre me pareció simplista, y si se quiere también, viene a dividir a los seres humanos en ciegos y visionarios. Hablando con mi alguien recordé una interpretación que le había dado a esta historia que a mi modo de ver tenía un poco más de sentido.
El hombre que llama a su señora para decirle que va a venderle zapatos a todo el país, es el mismo que el primero. En realidad la historia da una lección totalmente opuesta a lo que todo el mundo entiende. No se trata de si sos o no una persona que ve las oportunidades, se trata de estudiar si estas oportunidades son realmente aplicables o no al ambiente y contar con la habilidad para ejecutarlas. Este hombre había recorrido muchos países de gente sin zapatos y en todos ellos había hecho el primer llamado telefónico, porque se encontró con un problema que puede sonarte muy familiar: nadie usaba zapatos, por lo tanto, nadie quería comprarlos.
Un tipo vendiendo bermudas en Alaska me parece más que un visionario un ciego, por no decir un estúpido. El vendedor de zapatos, sabiamente, había huido de lugares donde nadie los quería usar porque sabía que el quedarse y querer cambiar a la gente iba a ser, no solo inútil, sino también una perdida de tiempo y una frustración desalentadora. Es fascinante ver personas empecinadas en venderle libros a gente que no lee, educación al que le gusta ser mediocre, respeto al que avanza pisando a los demás, y amor al que no entiende lo que es ser leal.
A las oportunidades se las ven siempre como burbujas que algunos aprovechan y otro no y que estas burbujitas vuelan por la vida esperando que alguien las agarre, cuando a mí me gusta pensar en una voluntad de las oportunidades. Es la oportunidad la que nos elige y no al revés. No hay nada más triste que alguien tratando de alcanzar aquello que evidentemente nunca será suyo. Para mí no pasa en estar por la vida persiguiendo burbujitas que se esfuman apenas las alcanzamos. No creo que se trate de una cuestión de movimiento y de visión, sino de saber dónde uno está parado.
Cuando conocemos qué clase de camino queremos recorrer las oportunidades vienen a nosotros, nos eligen y saben que las utilizaremos con idoneidad. Las verdaderas oportunidades no las agarra el que corre más rápido sino el que las utiliza con maestría.
Muchos años de mi vida quise venderle zapatos a personas que estaban descalzas, dando interminables charlas de qué, cómo, cuándo y dónde debían tomar la mejor decisión. Hoy entiendo que debo dejar la oportunidad en un mail, en una nota, en un abrazo o en este blog… y que la voluntad de ésta decida quedarse con aquel que realmente sepa utilizarla.
“Ojalá querido vendedor, pronto encuentres un país no solo de descalzos, sino de gente que quiera usar zapatos.“
Sebastián Tallon