Iom Guimel, 23 de Av 5770
Jean Paul Sartre decía “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”, sin aparente conexión analicé a las redes sociales con el carajo este del día del amigo… y la frase de mi costurero amigo me invita a que reflexionemos un poco sobre esto.
Las redes sociales son un tema demasiado trillado, de todas formas hoy lo quiero pensar y compartir. En general estas redes promueven conectarnos más sin necesidad de recorrer distancias, aunque prometen facilitarnos la comunicación en verdad solo confunden simplicidad con simpleza. La monopolización de la comunicación es un encierro, es una limitación.
Dos problemáticas son las más llamativas, una es el concepto de “in-out” al que nos mal acostumbramos con el consumismo, la pertenencia a Facebook, Twiter, Orkut, etc. es casi una cuestión de existencia, quién no escuchó todavía “qué clase de persona todavía no tiene facebook”. La segunda es para mí la más relevante, el acceso a la información. Cuando esta concentración de data te impide acceder a ella si no perteneces a tal o cual página es una exclusión.
Paradigmas como el de amistad se ven totalmente modificados, se denominan a desconocidos “amigos” sin siquiera tener una relación profunda con ellos, esto en comunicación se ve como la devaluación de un concepto, se utiliza tanto que cuando realmente debe usarse, el peso y el significado ya no se corresponden. Un claro ejemplo son los medios que constantemente hablan de: caos, colapso y tragedia; la dificultad de esto será cuando se presente realmente una tragedia pero ésta ya no tenga el mismo efecto en el receptor.
Lo mismo pasó con la amistad en las redes sociales, por eso se empiezan a utilizar términos más fuertes y ajenos a la amistad para definir a los más íntimos, los denominamos por ejemplo hermanos, queriendo devolverle un significado más intenso a una relación a la que “amigo” ya le queda chico.
Sobre la responsabilidad tendríamos que hablar en primer lugar del desequilibrio entre calidad y cantidad que sufrió la amistad en los últimos años. Me surgen preguntas como ¿por qué hace 50 años alguien no tenía 1500 amigos? ¿cómo hacía la gente para saber que pensaba su amigo sin poder acceder a su muro? y la respuesta es simple la gente prefería la calidad porque la cantidad era inmanejable.
No se podía festejar 1500 cumpleaños al año, aniversarios, nacimientos, casamientos, etc. Porque cada amigo exigía una cuota de tiempo y dedicación. Lo mismo ha sucedido con el conocimiento ya no se valora más el conocimiento específico, sino saber un poquito de todo. Ya no se valora tener pocos y buenos amigos sino acumularlos y amontonarlos en el placar como si esto nos hiciera más sociales o mejores seres humanos.
Hoy muchos se creen líderes, ejecutivos y la tecnología se transforma en su secretaría, le informan lo que sucede, quién viaja, quién volvió al país, con quién tiene que salir el fin de semana, de quién es el cumpleaños, cuáles son los próximos eventos y hasta que frase célebre tiene hoy para decirle la galleta de la fortuna. Todo lo que antes se hacía con sacrificio y esfuerzo hoy señora puede hacerse con un simple clic, ya no tiene que viajar a la casa de su amigo, ya no tiene siquiera que asistir a su fiesta de cumpleaños, tampoco tiene que pensar en un regalo ni mucho menos prepararle un té, hoy la tecnología le permite quedar bien con un simple “Feliz día amigoooooooooo que la pasas super bien“. Esto lógicamente nos deja mucho tiempo libre el cual utilizamos en coleccionar un número de pseudo-amistades a las que realmente no nos importa cómo están ni qué les pasa.
“Yo Seba la verdad no sé ni el número de teléfono de mi marido de memoria” me dijo una amiga ayer a la tarde… yo mismo no me acuerdo el número de celular de mi mamá de memoria, porque mi servicial aparato telefónico se encarga de memorizarlo por mí; me olvide de varios cumpleaños de uno de mis mejores amigos Oscar, incluso falté a su casamiento por un viaje de negocios, ESO es ser mala persona, y no puedo culpar a nadie, por el contrario tengo que hacerme cargo.
La tecnología nos está deshumanizando, haciéndonos vagos e irresponsables. No critico a la tecnología en sí, ni la demonizo, por supuesto que es útil y un bien en muchísimos aspectos para eso no quita que esté cambiando nuestros parámetros sociales y que estos nuevos parámetros no sean necesariamente positivos.
Esto provoca un fenómeno genial, un aluvión de víctimas, máquinas de excusas, el no contar circunstancialmente con la tecnología que nos recuerde algo suscita esta clase de frases:
- noooooooo!!! no sabes lo que me paso…
- pasa que mi vieja justo ese día….
- no te puedo creeeeeeer en serio? bueno viejo felicidades.
- uhhhhhh me re olvidé es que ando con mil cosas en el laburo.
- uyyyy yo pensé que era la próxima semana mirá vos tengo la cabeza en cualquier parte.
¿Quién lo dice? La víctima, la desagradable víctima, la que siempre tiene una excusa, un pero, un por qué para todo, nunca la responsabilidad de reconocer y no justificarse. Edgar, un viejo amigo al que quiero muchísimo pero con el que no hablamos hace tiempo me enseñó algo que nunca voy a olvidar y que se reafirmó cuando leí a Sartre: Por alguna razón había llegado tarde a uno de nuestros encuentros y cuando quise explicarle el por qué de mi eterna impuntualidad me dijo “Sebastián, un caballero no tiene excusas”, no se necesito decir nada más, y la enseñanza radicó en que me lo dijo sin el más mínimo enojo o rencor, todos hemos escuchado frases como estas en boca de jefes “no me interesa lo que tengas para decirme” pero esa vez yo entendí que las excusas son una victimización y un intento de justificación a nuestra irresponsabilidad o descuido que debe ser asumido por respeto al otro.
Pensando en todo esto realicé un pequeño experimento, 2 días antes de mi cumpleaños cambié las fechas que figuran en los perfiles de facebook de 2 de agosto a 28 de julio para ver quienes realmente dependían de esto para recordar esa fecha, esto me demostró que de las 250 personas que son mis amigos en redes sociales 9 lo recordaron de todas formas 4 por teléfono. Y con esto van dos necesarias aclaraciones.
- Que algunos se hayan acordado y otros no, no tiene nada que ver con quien me quiera y quien no, perfectamente alguien puede acordarse por tener buena memoria y esto no estar relacionado con que me considere un buen amigo, y viceversa con el que no se acordó.
- Esto no es una recriminación del tipo que mala persona que sos te olvidaste de mi cumpleaños” sino una reflexión, estoy seguro que si hubiese dejado intactas esas fechas estaría lleno de mensajes del tipo “feliz cumple sebaaaa pasala genial” y las 25.852 ramificaciones de esa expresión. Tampoco quiero decir que quien usa esas frases no las siente. La fecha no es el punto acá sino una muestra que intenta ejemplificar de forma clara y fehaciente mi punto.
Lo que creemos que nos comunica, que nos libera, no está haciendo más esclavos, e irresponsables; nos convierte eternamente en víctima de las circunstancias, la vida, el colectivo, el tráfico y el clima.
Probá en tu próximo cumpleaños no avisar nada, sacar esos recordatorios de las redes sociales, compara los resultados con los de otros años y vas a entender mi punto.
Filtremos gente, usemos el criterio y principalmente prestemos más atención, abandonemos la comodidad de aprender las cosas googleándolas, no entremos en Wikipedia, visitemos la casa de los amigos, y no sus perfiles, démosle un abrazo sincero, un beso afectuoso una muestra de que la amistad es mucho más que las opciones de “aceptar” e “ignorar”.
“Volver a las raíces no es necesariamente retroceder sino un constructivo ejercicio de memoria.”
Sebastián Tallon


Esta semana me cayó muy mal el comentario de un amigo de 20 años que me confesó que tiene un profundo miedo a quedarse solo en la vida, a no encontrar el amor, su compañía, aquella persona a quien pueda cuidar y sentirse también amado y protegido por siempre y para siempre. Todo lo que nos molesta es algo que no podemos aceptar de nosotros mismos y este comentario no fue la excepción. Me reconocí en él hace unos años, con el mismo fatalismo, con la misma carga emocional, con el mismo dolor y con la misma lógica.
A fines del mes pasado me llegó un correo que tenía un cuento que ya había escuchado, cito:
En mi vida una de las cosas que más me ha costado entender y practicar es el perdón, no por rencor sino por dignidad. Es decir, creo que el perdonar cosas que hieren nuestra dignidad, nuestra entereza, nuestros principios hacen que nos valoremos menos y dejemos que otros crucen límites que no deberían haber cruzado. No tengo problemas en perdonar todo, pero es como si tuviera una suerte de cupo, una cantidad de “perdones” reservados para cada persona. Cuando se llega al cupo puede renovarse o vencerse, como un permiso de conducir por puntos que anda tan de moda. Sí, hay personas que no quiero ver, otras con las que no quiero hablar, otras que no quiero siquiera encontrármelas o mencionarlas, pero no por rencor, sino por protección.
Aristóteles decía que un hombre solitario es una bestia o un dios… y perdón por hablar de extremos nuevamente pero ¿acaso no estamos rodeados de ellos?. La soledad en sí resulta ni ser buena ni mala, sin embargo puede convertirte en una persona violenta, resentida, irracional (bestia)… o en una persona de bondad, reflexión y solidaridad… que es a lo que creo que habrá querido apuntar Aristóteles con dicha afirmación. Quizás la frase que más he repetido a mis amigos sobre la soledad es la atribuida a China Zorrilla, (que en verdad nunca supe si ella la dijo) “La soledad impuesta es lo peor que puede pasarte en la vida, la soledad elegida es lo mejor que puede pasarte en la vida”. Con tiempo comprendí que estar solo por imposición o por elección es exactamente lo mismo.
Caminaba como una tarde más, sin entender hacia donde… vi la belleza del mar y arrojé una piedra como queriendo que me hable… sentí un llamado de esas olas… y me anime a entrar… a salir… a salir de lo que conocía y comenzar a mojar mis pies y mi cabeza… cerré los ojos como un reflejo del no conocer… caminaba sin miedos, sin camino pero con algún extraño destino.
Desde pequeños se nos marca la diferencia entre el bien y el mal, aquello que debemos y no debemos hacer, esta enseñanza siempre suele basarse en una presunción, es justamente esta presunción de si somos buenos o malos lo que nos obliga a pararnos en alguno de los dos extremos.
Hace unos 15 años caminaba por la Avenida Corrientes, frente al teatro San Martín había un artesano hippie con muchas cositas súper originales, me mostró un tubito bastante extraño, me dijo que tenía que mirar por el agujero de uno de los extremos y girarlo. Lo que vi me pareció maravilloso: los colores y las formas me dejaron asombrado; mientras no paraba de mirar embobado por el tubito extraño el artesano dijo unas palabras que nunca pude olvidar “no importa cuanto tiempo lo veas, siempre te va a mostrar algo diferente”.
De chico siempre tuve una imagen muy clara en la cabeza, era la de dos personas frente a una muralla de unos dos metros, de ladrillos rojos simétricamente construidos; detrás de la pared estaba “Les Coquelicots” de Monet, ese paisaje soñado, lleno de serenidad, belleza y horizonte sinfín. Una de las personas se encontraba de pie, mirando de frente la muralla con la nariz casi tocando los ladrillos, la otra estaba parada encima de algunos libros apilados mirando el precioso paisaje detrás del muro.
Ayer recibí dos llamadas una casi pegada a la otra, en la primera me llamó un amigo, en la segunda un conocido que estimo bastante; poco después de cortar me dí cuenta de algo que no me gustó mucho. Mi amigo me había llamado, para pedirme algo en tono poco agradable… me puse a pensar y no pude recordar la última vez que me había llamado única y exclusivamente para preguntarme un sincero ¿cómo estas? y para mi sorpresa mi conocido me llamó porque andaba preocupado por mí.



