Iom Bet, 27 de Kislev 5770
Esta semana me cayó muy mal el comentario de un amigo de 20 años que me confesó que tiene un profundo miedo a quedarse solo en la vida, a no encontrar el amor, su compañía, aquella persona a quien pueda cuidar y sentirse también amado y protegido por siempre y para siempre. Todo lo que nos molesta es algo que no podemos aceptar de nosotros mismos y este comentario no fue la excepción. Me reconocí en él hace unos años, con el mismo fatalismo, con la misma carga emocional, con el mismo dolor y con la misma lógica.
Después de unos días, escucho de mi hermanita de 30 “es injusto que yo no haya encontrado a alguien, no puede ser que haya sufrido tanto, ¿cuándo llegará la persona que es para mí? ¿acaso no merezco alguien que me ame? ¿acaso no soy una buena mujer? ¿hay algo mal en mí?”. Si bien esto tiene su dramatismo, su contexto, y su lógica… no era la primera vez que lo escuchaba, yo ya lo había pensado, yo ya lo había leído, yo ya lo había oído de otras personas y fue cuando la consolaba sabiendo que era totalmente incapaz de hacerlo, que un razonamiento me cacheteó cual revelación divina, como quien pone una luz en ese rincón donde no había buscado y encuentro una respuesta que resultaba tan simple y tan cierta que parecía tener algún error de base que había ignorado por completo.
La suerte es algo inexistente, nos conocemos, crecemos y cambiamos todo en un suceso interminable de conexiones, de eventos uno detrás del otro, (pese a quien le pese) sin destino, sin nada escrito, solo vivimos y caminamos sobre baldosas que nosotros mismos vamos colocando, haciendo un camino hacia alguna parte. La suerte como la conocemos no es real, sin embargo, esta consecución aleatoria de eventos no es más que un azar en sí mismo y un azar para un afuera que no puede controlarlo. Igual es el amor, esta palabra que mil veces se ha tratado de describir pero que aún no termina de definirse, en algunos más intenso, en otros más reflexivo, en pocos no egoísta, en muchos irrepetible y en todos incontrolable. Aquel que afirma poder manipular el amor, decidir a quién amar apasionadamente, hasta cuándo y en qué medida… miente.
Ockham se hace más famoso por su afirmación de “La explicación más simple y completa es la más probable” que por su principio de parsimonia en sí, pero se me vino esto a la cabeza después de encontrar que el 80% de las personas que conozco las conocí por algún hecho fortuito, que de no ser por un hecho fortuito anterior nunca se hubiese realizado y así hasta el infinito. Esto que a veces parece increíble y que casi siempre es atribuido a fuerzas divinas, al destino, la vida, el universo, el tarot o los caracolitos de Andrea del Boca no es más que la frase antes mencionada de nuestro amigo barbero, es decir, que entre la explicación metafísica y la simple, permanece la simple (aunque no necesariamente verdadera) de que las personas que conocemos, exceptuando o incluyendo a los miembros de nuestra familia, los encontramos por haber conocido a otra persona, que casualmente nos presentó a otra, que conocimos de forma casual en un lugar al que no pensábamos ir o en un horario que no debíamos estar.
Este azar interminable le da la mística que llena nuestra mente de magia e ilusiones de que alguien en alguna parte no tiene nada que hacer por el resto de la eternidad que crear juegos complejos e interminables de encuentros y desencuentros, que algunos terminan estériles mientras otros marcan nuestras vidas y las transforman de modo que es impensable cómo sería sin ellos.
El amor por su parte sigue siendo totalmente impredecible y es justamente esto (como el azar en los encuentros) lo que rodea al amor de magia, esperanza y sueños. Obviamente que algún día terminamos tocando el piso y dándonos cuenta de cuántos crímenes podríamos haber cometido en nombre de él, o cuántas vidas podríamos arruinar, casi siempre la propia, tratando de cambiar al otro o a mí… todo por amor.
Encontrar a quien amar y quien nos ame no es una cuestión de méritos, no es que al cruzar la abuela numero 3.483 automáticamente podemos pasar a buscar en el kiosco más cercano al amor de nuestra vida, no es cuan buenos o malos somos ya que bajo esa lógica todas las personas buenas deberían ser felices y no estar solas. Encontrar quien nos ame no es una cuestión de belleza, ni de poder, ni de inteligencia… es simple cuestión de azar… ni siquiera de estadísticas, es una ruleta de 6 mil millones de números.
Lamentablemente no podemos encasillar al amor en un concurso con requisitos, bases y condiciones… porque es irreal, porque así no funciona por más que nos empecinemos en querer encasillar al amor (no comprendido) en una estructura manejable, entendible y hasta con reglas que no le son naturales como la justicia ¿dónde se vio eso? ¿desde cuándo el amor puede ser justo, bueno, malo, bajito, alto, abogado, guacho, vivo, inteligente o compasivo? el ES punto! podemos desear la muerte o desear vivir eternamente, matar o dar vida, soñar y despertar… todo por culpa de él, pero disculpeme señora que le lleve la contra si le digo que el amor no es consecuencia sino causa y nada más. Nadie esta solo por culpa de una conspiración manejada por altos rangos de un equipo comando que busca nuestra infelicidad y frustración eterna, sino que muchas veces no encontramos a nadie por estar desde elvamos cerrados a esa posibilidad.
La vida no termina a los 20, ni a los 30, ni a los 80 ni en la muerte misma, siempre estamos vivos mientras alguien nos recuerde y siempre vamos a encontrar quien nos ame mientras nos dejemos amar, mientras no nos encontremos a la defensiva, mientras sepamos lo que queremos… mientras podamos amarnos a nosotros mismos y valorar nuestros sentimientos y emociones tanto como las del otro. Pero nosotros siempre queremos el paquete completo, no nos basta con que amigos nos amen profundamente, que encontremos hermanos o padres del corazón que nos elijan como su familia de la vida, no nos alcanza con encontrar compañeros y compañeras que compartan nuestros sueños y nuestras pasiones, queremos el combo completo, creemos que la vida es un McDonald’s o un supermercado en el que podemos pagar con méritos lo que queremos llevar a casa y lamentablemente el amor no funciona así.
La vida es lucha, es ensayo y error, es aprendizaje constante… es entender que de no vivir todo lo que estamos viviendo quizá no lleguemos a lo queremos alcanzar, que de no experimentar con fuerzas este instante y este presente es imposible que lleguemos a un futuro. ¿Cuántas veces nos dimos cuenta al final de una meta, que de no haber sufrido lo que sufrimos, no estaríamos parados donde queríamos?. Necesitamos lo malo para disfrutar de lo bueno, para sentir la diferencia.
Dejemos de creer en la suerte, en conspiraciones, en que estamos solos porque somos deformes o que estamos acompañados y tenemos una familia hermosa porque somos buenas personas, nada de eso es cierto… lo único cierto es que mientras queramos controlar lo que no está a nuestro alcance, lloremos por lo que nunca fue, y demos por perdida una batalla que nunca comenzamos… el sufrimiento nunca se irá de vacaciones a Mar del Plata.
“Aceptar las cosas que no podemos controlar y controlar las cosas que podemos cambiar, es un paso a la responsabilidad, a la madurez y a la felicidad”
Sebastián Tallon
A fines del mes pasado me llegó un correo que tenía un cuento que ya había escuchado, cito:
En mi vida una de las cosas que más me ha costado entender y practicar es el perdón, no por rencor sino por dignidad. Es decir, creo que el perdonar cosas que hieren nuestra dignidad, nuestra entereza, nuestros principios hacen que nos valoremos menos y dejemos que otros crucen límites que no deberían haber cruzado. No tengo problemas en perdonar todo, pero es como si tuviera una suerte de cupo, una cantidad de “perdones” reservados para cada persona. Cuando se llega al cupo puede renovarse o vencerse, como un permiso de conducir por puntos que anda tan de moda. Sí, hay personas que no quiero ver, otras con las que no quiero hablar, otras que no quiero siquiera encontrármelas o mencionarlas, pero no por rencor, sino por protección.
Aristóteles decía que un hombre solitario es una bestia o un dios… y perdón por hablar de extremos nuevamente pero ¿acaso no estamos rodeados de ellos?. La soledad en sí resulta ni ser buena ni mala, sin embargo puede convertirte en una persona violenta, resentida, irracional (bestia)… o en una persona de bondad, reflexión y solidaridad… que es a lo que creo que habrá querido apuntar Aristóteles con dicha afirmación. Quizás la frase que más he repetido a mis amigos sobre la soledad es la atribuida a China Zorrilla, (que en verdad nunca supe si ella la dijo) “La soledad impuesta es lo peor que puede pasarte en la vida, la soledad elegida es lo mejor que puede pasarte en la vida”. Con tiempo comprendí que estar solo por imposición o por elección es exactamente lo mismo.
Caminaba como una tarde más, sin entender hacia donde… vi la belleza del mar y arrojé una piedra como queriendo que me hable… sentí un llamado de esas olas… y me anime a entrar… a salir… a salir de lo que conocía y comenzar a mojar mis pies y mi cabeza… cerré los ojos como un reflejo del no conocer… caminaba sin miedos, sin camino pero con algún extraño destino.
Desde pequeños se nos marca la diferencia entre el bien y el mal, aquello que debemos y no debemos hacer, esta enseñanza siempre suele basarse en una presunción, es justamente esta presunción de si somos buenos o malos lo que nos obliga a pararnos en alguno de los dos extremos.
Hace unos 15 años caminaba por la Avenida Corrientes, frente al teatro San Martín había un artesano hippie con muchas cositas súper originales, me mostró un tubito bastante extraño, me dijo que tenía que mirar por el agujero de uno de los extremos y girarlo. Lo que vi me pareció maravilloso: los colores y las formas me dejaron asombrado; mientras no paraba de mirar embobado por el tubito extraño el artesano dijo unas palabras que nunca pude olvidar “no importa cuanto tiempo lo veas, siempre te va a mostrar algo diferente”.
De chico siempre tuve una imagen muy clara en la cabeza, era la de dos personas frente a una muralla de unos dos metros, de ladrillos rojos simétricamente construidos; detrás de la pared estaba “Les Coquelicots” de Monet, ese paisaje soñado, lleno de serenidad, belleza y horizonte sinfín. Una de las personas se encontraba de pie, mirando de frente la muralla con la nariz casi tocando los ladrillos, la otra estaba parada encima de algunos libros apilados mirando el precioso paisaje detrás del muro.
Ayer recibí dos llamadas una casi pegada a la otra, en la primera me llamó un amigo, en la segunda un conocido que estimo bastante; poco después de cortar me dí cuenta de algo que no me gustó mucho. Mi amigo me había llamado, para pedirme algo en tono poco agradable… me puse a pensar y no pude recordar la última vez que me había llamado única y exclusivamente para preguntarme un sincero ¿cómo estas? y para mi sorpresa mi conocido me llamó porque andaba preocupado por mí.



