Iom Guimel, 11 de Jeshvan 5772
“Pedís demasiado Sebastián” un peso por cada vez que escuché esa frase y pagaría mis expensas.
Hace 9 años Marcela me dijo: “Seba, no todos piensan como vos, ni analizan las cosas como vos, ni las ven como vos; aceptar que el otro es diferente, y que tiene sus propias ideas de amistad, verdad y amor… es parte de crecer”.
Tenía 16 años y me acuerdo que la miraba con desconfianza, por ese entonces tenía dos amigas, una se llamaba Fátima y la otra tenía un nombre raro y una hermana. Los chismes empezaron a generar situaciones de mierda y a mí (como a todo adolescente) cualquier pelotudez me parecía el fin del mundo conocido.
La traición es como el jarabe para la tos, cuando uno es chico le resulta asqueroso y no puede tragarlo por más que le digan que tiene sabor a frutilla, cuando uno se hace grande se acostumbra y hasta llega a creer que le gusta. Yo recién estaba conociéndola y no dejaba de cuestionarle a Marcela (que no tenía nada que ver) cómo podía ser que personas que yo consideraba mis amigos me estuvieran dando un brebaje tan amargo.
Lo más valioso de sus palabras es que no me estaban pidiendo conformismo, no me estaba diciendo que pedía demasiado y que tenía que acostumbrarme a que la gente nunca iba a ser como yo pensaba, por el contrario me estaba enseñando algo que recién hoy después de tanto años de pensar y repensar comprendo: No todos sienten, piensan y expresan como yo (ni yo como ellos), la palabra clave es no todos, hay unos pocos ahí afuera con los que se puede sintonizar, conectarse intensamente, con la misma locura, hay gente por ahí suelta que te hacen sentir y pensar bien, y eso es salud.
Dos años más tarde, hace siete, creí haber encontrado el grupo de amigos con los cuales compartiría toda mi vida; a los pocos meses las cosas empezaron a ser de otra forma, ya nada era como se mostraba, ni como se decía, ni como debía… ahí aprendí que lo que yo pensé que era un jarabe amargo, efectivamente tenía sabor a frutillas, porque este era mucho más amargo, eran golpes bajos, soledad y desprecio. Y ahí decidí no ser víctima toda mi vida y empezar a hacer algo.
Desde ese momento, internamente se inició un proceso que acaba de concluir con el inicio de esta semana. Esta obsesión que tengo de buscarle la razón de ser y el por qué a todo me empezó a atormentar con una pregunta bien bien simple que no dejé de hacerme desde el 2004: ¿qué hace a una amistad verdadera?
Los seiscientos y algo de amigos de hace tres años en Facebook, los doscientos de ahora y los cincuenta que quedarán pronto, son sólo un reflejo del proceso idéntico que sucedió en mi mundo real, y que ya fue reflejado en la entrada “Cambió la Cotización” del 2008.
Me alejé de muchas personas, confieso que a algunas extraño mucho más que a otras, a unos cuantos no quiero recordar y algunos pasaron sin pena ni gloria como a quien se le cae algo del bolsillo sin nunca descubrir qué era.
Mi profesor de Semiología Leonardo Varela, de los más interesantes que conocí, citó hace unas clases al sociólogo Goffman que habla sobre el Face-Work, una especie de construcción discursiva de uno mismo, una actuación treatral, un personaje que construimos cuando vamos a interactuar cara a cara con alguien.
En esta construcción discursiva/teatral, resaltamos aquellas virtudes que creemos tener y ocultamos los defectos que pensamos que pueden hacer que el otro nos vea de forma negativa. Las dos cosas más interesantes de este concepto son que el otro también realiza esta construcción; y que no solo tenemos una, sino que tenemos distintos rostros uno para cada escenario de nuestra cotidianeidad. Ser de repente consciente de que ya no hablamos con personas sino con máscaras resulta bastante bajón.
De alguna forma yo entendía internamente este mismo concepto con el nombre de filtros, filtros que ponemos de aquello que pensamos y decimos o hacemos, pero que creemos que puede molestar al otro, entenderse mal o simplemente tener una consecuencia desconocida, que en la mayoría de los casos es tomada como negativa de antemano.
Hace unos meses tomé la decisión de vivir sin filtros, no sé si es posible vivir sin ninguno, pero al igual que la perfección… aunque nunca se alcance, buscarla hace que lleguemos a la excelencia. Entendí de forma interna que vivir sin filtro te pone en guerra con el mundo, pero te deja en paz con vos mismo. Es escuchar la voz de tu consciencia de forma fuerte y clara.
Hoy comprendo la respuesta a esa pregunta bien jodida, hoy entiendo qué hace a una amistad y a cualquier relación verdadera, ni buena ni mala, verdadera: intensidad.
Siempre desconfié que la amistad dependa del tiempo que uno comparte con esa persona, todos tenemos esos amigos atemporales que vemos después de años y no necesitamos hacer preguntas chotas del tipo: ¿y cómo anda la familia? La conversación fluye tal como si nunca hubiese sido interrumpida, o enfocada en cosas profundas, de fondo, intensas.
Hay colectiveros del 92 que veo más seguido que a muchos amigos del Facebook, y eso no me hace amigo del chofer, porque nuestra comunicación nunca evoluciona más allá del “buenas tarde, uno con veinticinco por favor, muchas gracias”, aunque también me pone mal ir a saludar a alguien por su cumpleaños y ver que mi último mensaje fue por la misma razón hace exactamente un año atrás… y en el medio no pasó nada.
Este año vuelve a refregarme en la cara lo cíclico del universo, de mí universo. Tal como hace 7 años estoy iniciando nuevamente procesos internos muy fuertes, que sé que van a marcar mi vida. Y estas últimas semanas fueron marcadas especialmente por una persona que no pienso nombrar para que no se agrande.
Este imbécil vino hace 3 semanas única y exclusivamente para patear mi caja de confort, vino para cagarme un proceso que me costó años poder construir: conformarme.
No tienen idea lo difícil que fue convencerme a través de argumentos complejamente estructurados que efectivamente siempre pedía demasiado, siempre esperaba demasiado de los demás. Le costó años a mi enredado cerebro convencerse de que tenía que bajar las expectativas, sino no sería feliz, sino nunca encontraría gente con la cual relacionarme de forma sana y plena. Me dolieron miles de lágrimas persuadirme de que era yo el culpable de decepcionarme de los demás, que la culpa era mía por esperar cosas que los demás no podían ni tenían por qué darme.
Y cuando creía tener todo solucionado, cuando creía que ya no me importaba si los demás eran o no como yo quería, cuando me convencí de que no tengo que esperar nada de nadie para poder ser feliz, viene este terrible hijo de puta a demostrarme que no sólo no pedía demasiado, sino que hasta me estaba quedando corto.
Sus lecciones no tienen fin, me mostró que se puede ser respetuoso sin ser protocolar y acartonado, que se puede ser coherente sin ser pedante, que se puede hablar profundo sin perder el sentido del humor, que hay que reflexionar pero que debe haber momento para la estupidez y para ser niño, que se puede actuar políticamente sin hacer política, que se puede pensar igual al otro sin ser idéntico, que la razón y los sentimientos no tienen idioma para entenderse, que se puede soñar sin ser pelotudo, que se puede ser inteligente sin ser autorreferencial, que se puede ser humilde siendo muy grande, que se puede ser inocente sin ser ingenuo, que se puede ser pibe y tener un alma muy vieja, que uno puede conocer sus defectos sin sentirse culpable por ellos sino haciendo algo… básicamente me enseño que se puede. (Y los que me conocen realmente saben lo que me cuesta hablar bien de alguien).
No se trata de una historia que me contaron, ni de una novela, ni de una película berreta con final feliz, se trata de que yo Juan Sebastián Pelotudo Tallon, con estos ojos vi el chancho que vuela, el día del arquero, me pagó Magoya, vi a Elvis vivo y tomando mate… y todos mis relativismos, excusas, razones, estructuras y discursos de conformismo que tanto trabajo me costaron los tuve que enrollar, untarle dos kilos de vaselina y etcétera.
Ya vi que es posible y ahora cual si fuera un fanático que vió un OVNI, nadie, pero nadie va a convencerme de que es demasiado.
Antes de ayer escuché una japonesa explicando que para su religión hay muchos dioses, y que éstos crearon todo lo que hay de la misma forma que nosotros creamos vida: garchando. Y esa fue la frutilla de la torta, entendí que las amistades tienen que dar fruto, tienen que dar placer, tienen que ser intensas, tienen que ser brillantes y hermosas… si son estériles, fingidas o forzadas entonces resultan opacas, incómodas y terminan abandonándose.
Las relaciones se construyen, se trabajan y a la vez surgen, se cuidan y se disfrutan, se pelean… todo, con intensidad, y si no la poseen son efímeras, tienen fecha de vencimiento, tienden a desaparecer.
Ayer mientras despedía a este pibe que en contra de mi voluntad se convirtió en uno de mis mejores amigos, me acordé que yo también hace 2 años inicié un viaje, un viaje de retorno, hace exactamente dos años un 7 de noviembre llegué a Buenos Aires, y al lado mío no estaba ninguna de las personas que pensé unos años atrás que iban a estar.
Desde ese momento intensifiqué la purificación de mi entorno, hoy creo que tomé buenas decisiones, me alejé de quienes tenía que alejarme, corté lo que debía ser cortado, enmendé lo que debía ser arreglado; hice lugar, sacando lo que me hacía mal le di lugar a lo nuevo y eso nuevo resultó ser lo que yo estúpidamente pretendía de lo viejo. Y sí, ya sé que estoy sonando a un libro de autoayuda de quince pesos, gracias.
No es fácil, el miedo a estar solo paraliza, el miedo a creer que estás alejándote de algo que pensás malo y que con el tiempo puede resultar bueno, el miedo a que por ser exigente no haya nadie que te cuide cuando estés enfermo, el miedo a no ser aceptado, el miedo a ser olvidado, el miedo a la locura. Y es ahí cuando todo se vuelve nublado y es difícil distinguir entre quienes me quieren por lo que soy, y quienes me quieren porque creen que quien soy, puede serles de provecho.
Pero cuando te sacás todas las máscaras de encima, cuando ya no necesitas construirte teatralmente para que los demás vean solo lo lindo y meter abajo de la alfombra lo malo, cuando los lindos sinónimos de la palabra conformismo ya no te convencen, cuando conocés personas tan especiales que quiebran todas las estructuras que tenías y se muestran auténticos, sin miedos… es el momento donde uno debe eliminar sus filtros, expresar lo que siente, animarse a sentir intensamente, decirlo de frente, como venga… porque eso es lo que realmente somos. Esa es nuestra verdadera sonrisa, esas son nuestras verdaderas palabras, esa es nuestra verdadera alma, sin caretas, sin miedos… y cuando aceptamos nuestros defectos y nos reímos, ya no hay por qué ocultarlos, ya no se necesita ningún filtro, porque no todos te entienden, porque no todos piensan igual que vos, porque no todos ven el mundo como vos.
Pero, siempre hay unos pocos que tienen el mismo álbum de figuritas que vos, que tienen las mismas que vos… y cuando parece que los dos álbumes son iguales, descubrís que las 5 figuritas que te faltan a vos las tiene él, y las 3 que le faltan a él las tenías vos… y eso es magia, es intensidad, es belleza… eso es amistad.
“La vida que se vive sin intensidad no merece ser vivida.”
Sebastián Tallon







Jean Paul Sartre decía “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”, sin aparente conexión analicé a las redes sociales con el carajo este del día del amigo… y la frase de mi costurero amigo me invita a que reflexionemos un poco sobre esto.
De impedimentos como seres humanos estamos llenos, de alguna forma parte del sentido de la vida es ir superándolos, aprender y avanzar. Este ejercicio de lucha constante contra lo que no nos permite ser, entra en conflicto con varios intereses intermedios, más que nada emociones, deseos y sueños. Poco a poco voy descubriendo que el NO es más positivo que el SÍ, que saber decir no en el momento apropiado es más sano y asertivo que decir sí en el suyo.
Marcela es una de las mujeres más importantes de mi vida, es una de esas personas a las que estás unido siempre no importa que no la vea por dos o tres años cuando nos reencontramos es como si nos hubiésemos visto la semana pasada. Ambos sabemos que lo que significamos para el otro no es modificado por espacio o tiempo.
Esta semana me cayó muy mal el comentario de un amigo de 20 años que me confesó que tiene un profundo miedo a quedarse solo en la vida, a no encontrar el amor, su compañía, aquella persona a quien pueda cuidar y sentirse también amado y protegido por siempre y para siempre. Todo lo que nos molesta es algo que no podemos aceptar de nosotros mismos y este comentario no fue la excepción. Me reconocí en él hace unos años, con el mismo fatalismo, con la misma carga emocional, con el mismo dolor y con la misma lógica.
A fines del mes pasado me llegó un correo que tenía un cuento que ya había escuchado, cito:
En mi vida una de las cosas que más me ha costado entender y practicar es el perdón, no por rencor sino por dignidad. Es decir, creo que el perdonar cosas que hieren nuestra dignidad, nuestra entereza, nuestros principios hacen que nos valoremos menos y dejemos que otros crucen límites que no deberían haber cruzado. No tengo problemas en perdonar todo, pero es como si tuviera una suerte de cupo, una cantidad de “perdones” reservados para cada persona. Cuando se llega al cupo puede renovarse o vencerse, como un permiso de conducir por puntos que anda tan de moda. Sí, hay personas que no quiero ver, otras con las que no quiero hablar, otras que no quiero siquiera encontrármelas o mencionarlas, pero no por rencor, sino por protección.
Aristóteles decía que un hombre solitario es una bestia o un dios… y perdón por hablar de extremos nuevamente pero ¿acaso no estamos rodeados de ellos?. La soledad en sí resulta ni ser buena ni mala, sin embargo puede convertirte en una persona violenta, resentida, irracional (bestia)… o en una persona de bondad, reflexión y solidaridad… que es a lo que creo que habrá querido apuntar Aristóteles con dicha afirmación. Quizás la frase que más he repetido a mis amigos sobre la soledad es la atribuida a China Zorrilla, (que en verdad nunca supe si ella la dijo) “La soledad impuesta es lo peor que puede pasarte en la vida, la soledad elegida es lo mejor que puede pasarte en la vida”. Con tiempo comprendí que estar solo por imposición o por elección es exactamente lo mismo.
Caminaba como una tarde más, sin entender hacia donde… vi la belleza del mar y arrojé una piedra como queriendo que me hable… sentí un llamado de esas olas… y me anime a entrar… a salir… a salir de lo que conocía y comenzar a mojar mis pies y mi cabeza… cerré los ojos como un reflejo del no conocer… caminaba sin miedos, sin camino pero con algún extraño destino.
Desde pequeños se nos marca la diferencia entre el bien y el mal, aquello que debemos y no debemos hacer, esta enseñanza siempre suele basarse en una presunción, es justamente esta presunción de si somos buenos o malos lo que nos obliga a pararnos en alguno de los dos extremos.
Hace unos 15 años caminaba por la Avenida Corrientes, frente al teatro San Martín había un artesano hippie con muchas cositas súper originales, me mostró un tubito bastante extraño, me dijo que tenía que mirar por el agujero de uno de los extremos y girarlo. Lo que vi me pareció maravilloso: los colores y las formas me dejaron asombrado; mientras no paraba de mirar embobado por el tubito extraño el artesano dijo unas palabras que nunca pude olvidar “no importa cuanto tiempo lo veas, siempre te va a mostrar algo diferente”.
De chico siempre tuve una imagen muy clara en la cabeza, era la de dos personas frente a una muralla de unos dos metros, de ladrillos rojos simétricamente construidos; detrás de la pared estaba “Les Coquelicots” de Monet, ese paisaje soñado, lleno de serenidad, belleza y horizonte sinfín. Una de las personas se encontraba de pie, mirando de frente la muralla con la nariz casi tocando los ladrillos, la otra estaba parada encima de algunos libros apilados mirando el precioso paisaje detrás del muro.
Ayer recibí dos llamadas una casi pegada a la otra, en la primera me llamó un amigo, en la segunda un conocido que estimo bastante; poco después de cortar me dí cuenta de algo que no me gustó mucho. Mi amigo me había llamado, para pedirme algo en tono poco agradable… me puse a pensar y no pude recordar la última vez que me había llamado única y exclusivamente para preguntarme un sincero ¿cómo estas? y para mi sorpresa mi conocido me llamó porque andaba preocupado por mí.
Si algo he aprendido en estos años, es que por el contrario de lo que uno piensa (o la mayoría manifiesta) la sinceridad, molesta. Parecería ser que tanto nos hemos acostumbrado a la ausencia de ella que más de una vez escucho “aunque sea me podría haber mostrado una sonrisa falsa”.
Así como en algún momento se hizo con “la libertad” hoy se habla mucho del “cambio”, hace meses que esta palabra se viene “sobre-utilizando” por no decir prostituyendo. Muchísimos todólogos pululan por todos los medios de comunicación incluso en las habituales charlas de amigos, dando la receta mágica del cambio, la fórmula del elixir que súbitamente nos llevará de nuestra realidad actual a un país soñado en el lapso de tiempo en que usted prepara su tereré.
Voltaire dice en su diccionario filosófico que la tolerancia es el bien común de la humanidad. Mucho medite sobre esto, y créanme que nada es más fácil que meditar sobre la tolerancia, porque ésta no es una fórmula secreta, mítica e indescifrable. Es muy sencilla de comprender pero una de las más difíciles de poner en práctica.
Quizás preparándome mentalmente para leer muchos tipos de pensamientos, decidí reafirmar los propios, porque sino correría el riesgo de caer en la mediocridad de a cada tipo de pensamiento o teoría leída convertirme en un acérrimo y fanático creyente.
Hay muchas cosas por decir, ésta es una de mis tantas facetas, ojalá no se conviertan en personalidades o Rodrigo tendrá mucho trabajo.