8 nov, 2011

Pedís demasiado

 

Iom Guimel, 11 de Jeshvan 5772

“Pedís demasiado Sebastián” un peso por cada vez que escuché esa frase y pagaría mis expensas.

Hace 9 años Marcela me dijo: “Seba, no todos piensan como vos, ni analizan las cosas como vos, ni las ven como vos; aceptar que el otro es diferente, y que tiene sus propias ideas de amistad, verdad y amor… es parte de crecer”.

Tenía 16 años y me acuerdo que la miraba con desconfianza, por ese entonces tenía dos amigas, una se llamaba Fátima y la otra tenía un nombre raro y una hermana. Los chismes empezaron a generar situaciones de mierda y a mí (como a todo adolescente) cualquier pelotudez me parecía el fin del mundo conocido.

La traición es como el jarabe para la tos, cuando uno es chico le resulta asqueroso y no puede tragarlo por más que le digan que tiene sabor a frutilla, cuando uno se hace grande se acostumbra y hasta llega a creer que le gusta. Yo recién estaba conociéndola y no dejaba de cuestionarle a Marcela (que no tenía nada que ver) cómo podía ser que personas que yo consideraba mis amigos me estuvieran dando un brebaje tan amargo.

Lo más valioso de sus palabras es que no me estaban pidiendo conformismo, no me estaba diciendo que pedía demasiado y que tenía que acostumbrarme a que la gente nunca iba a ser como yo pensaba, por el contrario me estaba enseñando algo que recién hoy después de tantos años de pensar y repensar comprendo: No todos sienten, piensan y expresan como yo (ni yo como ellos), la palabra clave es no todos, hay unos pocos ahí afuera con los que se puede sintonizar, conectarse intensamente, con la misma locura, hay gente por ahí suelta que te hacen sentir y pensar bien, y eso es salud.

Dos años más tarde, hace siete, creí haber encontrado el grupo de amigos con los cuales compartiría toda mi vida; a los pocos meses las cosas empezaron a ser de otra forma, ya nada era como se mostraba, ni como se decía, ni como debía… ahí aprendí que lo que yo pensé que era un jarabe amargo, efectivamente tenía sabor a frutillas, porque este era mucho más amargo, eran golpes bajos, soledad y desprecio. Y ahí decidí no ser víctima toda mi vida y empezar a hacer algo.

Desde ese momento, internamente se inició un proceso que acaba de concluir con el inicio de esta semana. Esta obsesión que tengo de buscarle la razón de ser y el por qué a todo me empezó a atormentar con una pregunta bien bien simple que no dejé de hacerme desde el 2004: ¿qué hace a una amistad verdadera?

Los seiscientos y algo de amigos de hace tres años en Facebook, los doscientos de ahora y los cincuenta que quedarán pronto, son sólo un reflejo del proceso idéntico que sucedió en mi mundo real, y que ya fue reflejado en la entrada “Cambió la Cotización” del 2008.

Me alejé de muchas personas, confieso que a algunas extraño mucho más que a otras, a unos cuantos no quiero recordar y algunos pasaron sin pena ni gloria como a quien se le cae algo del bolsillo sin nunca descubrir qué era.

Mi profesor de Semiología Leonardo Varela, de los más interesantes que conocí, citó hace unas clases al sociólogo Goffman que habla sobre el Face-Work, una especie de construcción discursiva de uno mismo, una actuación treatral, un personaje que construimos cuando vamos a interactuar cara a cara con alguien.

En esta construcción discursiva/teatral, resaltamos aquellas virtudes que creemos tener y ocultamos los defectos que pensamos que pueden hacer que el otro nos vea de forma negativa. Las dos cosas más interesantes de este concepto son que el otro también realiza esta construcción; y que no solo tenemos una, sino que tenemos distintos rostros uno para cada escenario de nuestra cotidianeidad. Ser de repente consciente de que ya no hablamos con personas sino con máscaras resulta bastante bajón.

De alguna forma yo entendía internamente este mismo concepto con el nombre de filtros, filtros que ponemos de aquello que pensamos y decimos o hacemos, pero que creemos que puede molestar al otro, entenderse mal o simplemente tener una consecuencia desconocida, que en la mayoría de los casos es tomada como negativa de antemano.

Hace unos meses tomé la decisión de vivir sin filtros, no sé si es posible vivir sin ninguno, pero al igual que la perfección… aunque nunca se alcance, buscarla hace que lleguemos a la excelencia. Entendí de forma interna que vivir sin filtro te pone en guerra con el mundo, pero te deja en paz con vos mismo. Es escuchar la voz de tu consciencia de forma fuerte y clara.

Hoy comprendo la respuesta a esa pregunta bien jodida, hoy entiendo qué hace a una amistad y a cualquier relación verdadera, ni buena ni mala, verdadera: intensidad.

Siempre desconfié que la amistad dependa del tiempo que uno comparte con esa persona, todos tenemos esos amigos atemporales que vemos después de años y no necesitamos hacer preguntas chotas del tipo: ¿y cómo anda la familia? La conversación fluye tal como si nunca hubiese sido interrumpida, o enfocada en cosas profundas, de fondo, intensas.

Hay colectiveros del 92 que veo más seguido que a muchos amigos del Facebook, y eso no me hace amigo del chofer, porque nuestra comunicación nunca evoluciona más allá del “buenas tarde, uno con veinticinco por favor, muchas gracias”, aunque también me pone mal ir a saludar a alguien por su cumpleaños y ver que mi último mensaje fue por la misma razón hace exactamente un año atrás… y en el medio no pasó nada.

Este año vuelve a refregarme en la cara lo cíclico del universo, de mí universo. Tal como hace 7 años estoy iniciando nuevamente procesos internos muy fuertes, que sé que van a marcar mi vida. Y estas últimas semanas fueron marcadas especialmente por una persona que no pienso nombrar para que no se agrande.

Este imbécil vino hace 3 semanas única y exclusivamente para patear mi caja de confort, vino para cagarme un proceso que me costó años poder construir: conformarme.

No tienen idea lo difícil que fue convencerme a través de argumentos complejamente estructurados que efectivamente siempre pedía demasiado, siempre esperaba demasiado de los demás. Le costó años a mi enredado cerebro convencerse de que tenía que bajar las expectativas, sino no sería feliz, sino nunca encontraría gente con la cual relacionarme de forma sana y plena. Me dolieron miles de lágrimas persuadirme de que era yo el culpable de decepcionarme de los demás, que la culpa era mía por esperar cosas que los demás no podían ni tenían por qué darme.

Y cuando creía tener todo solucionado, cuando creía que ya no me importaba si los demás eran o no como yo quería, cuando me convencí de que no tengo que esperar nada de nadie para poder ser feliz, viene este terrible hijo de puta a demostrarme que no sólo no pedía demasiado, sino que hasta me estaba quedando corto.

Sus lecciones no tienen fin, me mostró que se puede ser respetuoso sin ser protocolar y acartonado, que se puede ser coherente sin ser pedante, que se puede hablar profundo sin perder el sentido del humor, que hay que reflexionar pero que debe haber momento para la estupidez y para ser niño, que se puede actuar políticamente sin hacer política, que se puede pensar igual al otro sin ser idéntico, que la razón y los sentimientos no tienen idioma para entenderse, que se puede soñar sin ser pelotudo, que se puede ser inteligente sin ser autorreferencial, que se puede ser humilde siendo muy grande, que se puede ser inocente sin ser ingenuo, que se puede ser pibe y tener un alma muy vieja, que uno puede conocer sus defectos sin sentirse culpable por ellos sino haciendo algo… básicamente me enseño que se puede. (Y los que me conocen realmente saben lo que me cuesta hablar bien de alguien).

No se trata de una historia que me contaron, ni de una novela, ni de una película berreta con final feliz, se trata de que yo Juan Sebastián Pelotudo Tallon, con estos ojos vi el chancho que vuela, el día del arquero, me pagó Magoya, vi a Elvis vivo y tomando mate… y todos mis relativismos, excusas, razones, estructuras y discursos de conformismo que tanto trabajo me costaron los tuve que enrollar, untarle dos kilos de vaselina y etcétera.

Ya vi que es posible y ahora cual si fuera un fanático que vió un OVNI, nadie, pero nadie va a convencerme de que es demasiado.

Antes de ayer escuché una japonesa explicando que para su religión hay muchos dioses, y que éstos crearon todo lo que hay de la misma forma que nosotros creamos vida: garchando. Y esa fue la frutilla de la torta, entendí que las amistades tienen que dar fruto, tienen que dar placer, tienen que ser intensas, tienen que ser brillantes y hermosas… si son estériles, fingidas o forzadas entonces resultan opacas, incómodas y terminan abandonándose.

Las relaciones se construyen, se trabajan y a la vez surgen, se cuidan y se disfrutan, se pelean… todo, con intensidad, y si no la poseen son efímeras, tienen fecha de vencimiento, tienden a desaparecer.

Ayer mientras despedía a este pibe que en contra de mi voluntad se convirtió en uno de mis mejores amigos, me acordé que yo también hace 2 años inicié un viaje, un viaje de retorno, hace exactamente dos años un 7 de noviembre llegué a Buenos Aires, y al lado mío no estaba ninguna de las personas que pensé unos años atrás que iban a estar.

Desde ese momento intensifiqué la purificación de mi entorno, hoy creo que tomé buenas decisiones, me alejé de quienes tenía que alejarme, corté lo que debía ser cortado, enmendé lo que debía ser arreglado; hice lugar, sacando lo que me hacía mal le di lugar a lo nuevo y eso nuevo resultó ser lo que yo estúpidamente pretendía de lo viejo. Y sí, ya sé que estoy sonando a un libro de autoayuda de quince pesos, gracias.

No es fácil, el miedo a estar solo paraliza, el miedo a creer que estás alejándote de algo que pensás malo y que con el tiempo puede resultar bueno, el miedo a que por ser exigente no haya nadie que te cuide cuando estés enfermo, el miedo a no ser aceptado, el miedo a ser olvidado, el miedo a la locura. Y es ahí cuando todo se vuelve nublado y es difícil distinguir entre quienes me quieren por lo que soy, y quienes me quieren porque creen que quien soy, puede serles de provecho.

Pero cuando te sacás todas las máscaras de encima, cuando ya no necesitas construirte teatralmente para que los demás vean solo lo lindo y meter abajo de la alfombra lo malo, cuando los lindos sinónimos de la palabra conformismo ya no te convencen, cuando conocés personas tan especiales que quiebran todas las estructuras que tenías y se muestran auténticos, sin miedos… es el momento donde uno debe eliminar sus filtros, expresar lo que siente, animarse a sentir intensamente, decirlo de frente, como venga… porque eso es lo que realmente somos. Esa es nuestra verdadera sonrisa, esas son nuestras verdaderas palabras, esa es nuestra verdadera alma, sin caretas, sin miedos… y cuando aceptamos nuestros defectos y nos reímos, ya no hay por qué ocultarlos, ya no se necesita ningún filtro, porque no todos te entienden, porque no todos piensan igual que vos, porque no todos ven el mundo como vos.

Pero, siempre hay unos pocos que tienen el mismo álbum de figuritas que vos, que tienen las mismas que vos… y cuando parece que los dos álbumes son iguales, descubrís que las 5 figuritas que te faltan a vos las tiene él, y las 3 que le faltan a él las tenías vos… y eso es magia, es intensidad, es belleza… eso es amistad.

“La vida que se vive sin intensidad no merece ser vivida.”

Sebastián Tallon

 

23 sep, 2011

Las dos cosas, no.

Iom Vav, 24 de Elul de 5771

El cumpleaños de mi mamá es exactamente un mes y trece días después del mío, por lo que la reunión es obligatoria. Ya lo sospeché en su llamada a los primeros minutos de mi cumpleaños, mi vieja hizo ese silencio.

Los que tengan entre veinticinco y treinta años sabrán a qué silencio me refiero, después de las felicitaciones del caso tu madre, padre, guardabosques o quien detente el rol materno hace un silencio en el que claramente se entiende un “y cuando vas a…” por lo bajo. Éste varía desde el ¿cuando vas a laburar? pasando por el ¿cuándo vas a estudiar? el fulminante ¿cuándo te vas a casar? sin olvidar el ¿cuándo me vas a hacer abuela? el optativo ¿cuándo vas a asentar cabeza? y en algunos casos patológicos ¿cuándo vas a delgazar? ¿cuándo vas a irte a vivir solo? ¿cuándo me vas a dejar de vivir?.

Vivo solo, estudio y laburo por lo que su silencio era claro: ¿cuándo te vas a casar y hacerme abuela que me estoy poniendo vieja? la interrumpí al toque diciendo:

- Mirá mamá: o me caso o tengo hijos, las dos cosas, NO.

Mi vieja no entendió nada, creo que en el momento en que lo dije, yo tampoco.

No es la primera vez que expreso mi acérrimo desprecio por la gente extremadamente positiva, que toma todo como algo bueno, o que todo lo que sucede indefectiblemente viene con algo bueno. Por lo que alguien que me dice “Seba, no hay mal que por bien no venga” es agredida ferozmente no sólo por el positivismo estúpido, sino por lo segundo más jodido: la frase hecha. No hay nada de bueno en el cáncer ni en la muerte y no me importa lo que Coelho o el Dalai Lama diga, si algo bueno viene de lo malo es por azar y no porque éste de por sí sea inherente a algo bueno. Ni lo bueno trae cosas malas ni viceversa, basta de razonar con el orto.

El discurso típico del ser despreciable, que no sólo está cargada de frases hechas leídas de libros estructuralmente basado en ellas, sino que además no las piensa, siempre es “Hay que soñar alto, si soñás cosas pequeñas te limitas, no hay límites para lo que tu corazón desee, podés alcanzar absolutamente todo lo que te propongas, en tu ser habita un dios que es capaz de todo aquello que te coloques como objetivo, pensá en positivo y todo lo bueno vendrá a tí”. ¡Bullshit!

Hay que soñar inteligente, no cualquier cosa. Esto significa estructurar aquello que deseamos, ver si es viable y si esa viabilidad no está sujeta a una interminable lista de factores excluyentes para alcanzar la meta. Y esto es troncal por lo que voy a explayarme más, si ya lo entendiste jodete.

Cuando se sueña alto y encima éste sueño está sujeto a una pila de factores excluyentes estás en un problema, bajemos al detestable ejemplo: Si yo quisiera ser un gran deportista tendría que sumar estos requisitos (a) el abandonar el sedentarismo, (b) iniciar una rutina constante de ejercicio básico, (c) cambiar mi estilo de alimentación y de vida, (d) ir aumentando este ejercicio hasta estar en buena forma, (e) elegir el deporte que me guste y especializarme en él. Todos estos factores deben ser exclusivamente en ese orden, esto quiere decir que si no abandonara mi sedentarismo sería imposible realizar cualquiera de los requerimientos, estos son factores excluyentes, si no los hago todos no puedo alcanzar mi sueño. Eso sería soñar con el culo, estoy malhablado señora, no se escandalice.

En cambio si mi sueño es convertirme en un gran político lo necesario es más diverso y no excluyente: podría estudiar derecho, o ciencias políticas, podría no recibirme y dedicarme a trabajos sociales con un enfoque político específico, podría no estudiar nada y entrar en un partido político y crear contactos o militancia partidaria, podría hacerme empresario y luego financiarme la carrera política. Es decir, si no realizo uno de estos factores tengo otras alternativas, otras formas de alcanzar lo que quiero. Eso sería soñar inteligente.

Además está el problema de los perfeccionistas, ésta es una palabra linda para referirse a los cagones que se frustran fácilmente. Si no podes aguantar el dolor de cabeza del tercer día de la dieta, si no aguantas el dolor del día después del gimnasio, si ser un gran empresario hace que compartas menos tiempo con tu familia y eso te jode… dedicate a otra cosa. Si te vas a poner a mariconear por todo no sueñes, no quieras progresar, no quieras avanzar en nada, porque para todo sueño hay que trabajar, hay cosas que sacrificar, hay que elegir una opción en detrimento de otra, cualquier meta requiere trabajo, constancia y saliva. Si vas a estar sensible, te vas a frustrar fácil, vas a abandonar a la primera complicación, vas a entrar en pánico ante la presión, cualquier vientito te va a dar vuelta y te vas a deprimir y querer matarte por cualquier contrariedad: naciste en el momento equivocado, en el mundo equivocado, dejá de llorar, de ser víctima y movete.

A mi vieja le preocupó mucho lo que le dije y para su cumpleaños vino a casa y almorzamos, después de la rutina de ¿cómo estás? yo bien y vos… le vi en los ojos cómo todavía tenía picando lo que hablamos por teléfono hacía ya cuarenta y cuatro días, obviamente no dije nada y me divertí los 30 minutos que le tomó dar vueltas hasta preguntarme:

- ¿Qué me quisiste decir con eso de que las dos cosas no, Seba?

Yo tengo claro hoy, con veinticinco años, que soy feliz, amo profundamente lo que estudio, disfruto mi trabajo y sé hacerlo, aprendí que debo divertirme aunque esté pasando un momento difícil, estoy terminando un proceso en el cual sólo me relaciono con aquellas personas que quiero y me quieren con intensidad, estoy en la ciudad que amo, me fascina la música que escucho y me inyecta vida, voy de a poco y firmemente colocando todos mis asuntos en su lugar. Mi único problema es la plata, y fue reconfortante el día que me di cuenta que el único problema era ese.

El inconveniente de formar una familia es que tenés que relacionarte con otra persona, que es totalmente distinta a vos, que probablemente busque cosas diferentes a las que buscas; y en la mayoría de los casos querer compatibilizar vidas diferentes y encima formar una tercera vida (o varias más), termina siendo una situación caótica y/o catastrófica. Todos terminan frustrados, el padre porque trabaja todo el día y no se hizo futbolista como siempre “soñó”, la madre porque quería ser arquitecta pero se quedó embarazada, el pibe porque quería unos padres normales y no una manga de fracasados, frustrados que todo el día se quejan por todo, pelean cada dos por tres y se lo disputan cual si fuera un trofeo y encima son pobres.

El amor es hermoso, revitaliza en todo el amplio sentido de esa palabra, el romanticismo aunque algo pegajoso es precioso, las cosas que uno dice, las locuras a las que se somete y las estupideces que está dispuesto a hacer son geniales. Se disfruta la adrenalina, se hacen cosas sin pensar mucho en el futuro, todo es una gran sucesión de hechos hedonistas con ese único fin, amarse, disfrutar. La cacona de meter un crío en eso (además de traer más gente a un planeta de por sí superpoblado) es que alguien tiene que renunciar a algo grande, el romanticismo ya no es aplicable, las cosas deben pensarse a largo plazo, se debe jugar a seguro, hay que comprar la casa, los pañales, no descuidar el trabajo, la hipoteca, etc.

Decirle a la madre de tu hijo de un año “mi amor vámonos lejos, recorramos el mundo en un viaje donde el amor sea nuestro único destino y no existan obstáculos” provocará inmediatamente un “Roberto, metete el romanticismo en el culo y anda a laburar que el pibe tiene que comer” o algo parecido.

Con un hijo hay riesgos que ya no pueden tomarse, la llegada de un hijo a veces, arruina matrimonios. Sí por supuesto que hay excepciones y si lo sos te felicito (no te calentés), pero la realidad es que hay muchísimas madres solteras y muchos matrimonios que solo se mantienen unidos “por los hijos” o que sucumbieron a la presión. Cuando digo que la llegada de un hijo a veces arruina un matrimonio no quiero decir que los hijos son la causa, sino que las circunstancias que trae la llegada de un hijo lo provocan (más cuando éste no estuvo cuidadosamente planeado): tener que trabajar más horas, la presión del dinero, el poco tiempo, el jefe, la niñera, las compras, el médico, las corridas, el llanto, el jardín, las enfermedades, la nula actividad sexual, etcétera, todo esto sí o sí altera los nervios, se come el romanticismo y lleva a momentos bastante desagradables de tensión y reproches. Si criaste 17 hijos, estudiaste, te recibiste de médica, abogada, costurera y además estás profundamente enamorada del divino de tu marido… sabelo… sos un bicho raro, no sos normal.

Con todo lo antes dicho, sentado delante de mi vieja con la pata de un pollo al horno a medio comer en la mano, le expliqué todo lo que ella sabe: que soy antisocial, insoportable, que hablo mucho, que soy orgulloso, que no tolero la mentira, que no me cabe la gente falsa, que nunca voy a enamorarme si primero no existió una amistad y que cuando alguien no me va no disimulo y lo mando a cagar. Tomar las decisión de casarse es tener la plena seguridad de que vas a estar toda tu vida con esa persona, que la conoces a profundidad, que comparten la misma forma de ver el mundo, entre otras cosas.

Le confesé que cuando amo soy extremadamente sensible, que si me decepcionan me destruyen y que si nuevamente encontrara la persona a quien amar y nuevamente decidiera pasar mi vida con ella y nuevamente tuviera que dejarla aún amándola porque no entiende nada… no podría recomponerme. Le dije bajito que cuando amo, amo con toda el alma y que si me rompen el corazón siento que se me va la vida… sería un pelotudo importantísimo si siendo tan feliz como lo soy hoy, quisiera jugar una lotería tan jodida donde sólo tendría una posibilidad en un millón de ser feliz al lado de alguien; pelotudo porque ya soy feliz solo y pelotudo por pensar que alguien podría aguantarme tanto tiempo.

Le dije que la admiro, porque yo no tendría la fuerza de volver a empezar como ella después de veinticinco años en un matrimonio de mierda, que no podría soportar a alguien que me engañe por tanto tiempo, que no encontraría todos los pedazos de mi corazón por el piso para juntarlos y volver a empezar, y que como me conozco mejor que nadie porque soy yo, también conozco mis limitaciones y esa es la mía.

Sentada como la tenía delante de mí, le dije que encima de lo imposible que sería encontrar alguien que me soporte y me ame al mismo tiempo por toda una vida, más difícil sería encontrar alguien que quiera criar un pibe con mis genes, que probablemente venga con mi carácter, mis comentarios desubicados, ejemplos sarcásticos o miradas densas, que encima me deje criarlo como a mí se me ocurra, torturándolo desde chico con jazz, música electrónica, Toráh y Kant.

Y que se imaginara cómo quedaría yo, si un día decide irse con nuestro hijo porque encontró un tipo que le cabe mejor.

Suavecito pero con tono categórico le dije que lo más probable es que tenga un hijo, un hijo sin madre, uno al que ame con toda mi alma y mi ser, un hijo al que le cuente todas las cagadas que el pelotudo de su padre se mandó, para que no cometa ninguna y que si la comete por lo menos aprenda, no como yo. Un hijo que se sienta orgulloso del padre que tiene por lo menos hasta que conozca uno bueno y compare; un hijo al que le enseñe a mandar a la mierda a las viejas y a la gente amargada, al que yo mismo pueda pegarle una buena patada cuando me haga los berrinches de la rebelde adolescencia y que cuando sea grande diga “mi viejo es un capo”. Eso sí.

Puede que termine encontrando alguien que me soporte, que me aguante y me ame y a quien yo también soporte, aguante y ame… de ser así dudaría seriamente en tener hijos aunque probablemente sea lo que más vaya a desear. Es que todo no se puede, tener una carrera que amás, un trabajo que amás, una mina que amás y encima hijos que te amen, todo salga bien y seas feliz para siempre… eso no existe, es soñar con el orto, es comprar todos los números para frustrarte y después conformarte con lo que venga.

- Por eso vieja, o me caso o tengo hijos, pero las dos cosas no. ¿Entendés?

Mi vieja quedó muda, me miró con cara de “cómo no se me ocurrió eso a mí de pendeja” y trajo unas frutillas para acompañar el té.

Con esa capacidad de hacer comentarios totalmente innecesarios, que por supuesto orgullosamente heredé, me dijo:

- Bueno, por lo menos me quedo tranquila que voy a ser abuela. - y sonrió.

 

“Conocerte, es saber hasta dónde soñar, soñar es saber hasta dónde querés llegar, llegar es no conformarte con lo primero que ves; y hacerlo con cuidado y responsabilidad probablemente te haga feliz.”

Sebastián Tallon

 

Iom Alef, 24 de Sivan 5771

Por una hora y media no pude parar de mirar el extractor de aire de esa aula con ventanas tapiadas, tenía pánico, un profundo e incomprensible pánico. No podía organizar una sola idea, no podía escribir una sola respuesta clara y directa, quise hacerlo pero los resultados daban vergüenza: cuatro mediocres renglones que se iban por las ramas tratando de simular comprensión sobre un tema que aunque consciente de que estaba ahí en alguna parte de mi cabeza, nunca pudo mostrar su cara.

Fue cuando me di cuenta que estaba siendo un mediocre, un sucio y digno representante de la mediocridad. No estaba pensando en comprender el tema ni recordar todas las páginas leídas, estaba corriendo, corriendo por la respuesta, papeando y tirando verdura para ver como aprobaba la materia. Y en ese momento largué la lapicera prestada y me cagué.

Yo tengo esta sombría parte de mi mente que constantemente me tira las respuestas a todo, las excusas para todo, en cuestión de segundos tenía un check list con todas las cosas a las que podía echarle la culpa, tenía diez razones sorprendentemente valederas para justificar lo que no había hecho, lo que no entendía. No podía arremeter como de costumbre con la docente porque es una de las que mayor admiración me ha despertado en todas las materias y universidades que estuve, sus clases siempre claras, firmes, tirándonos brillantes perlas de conocimiento mientras los sentados nos revolcábamos en el chiquero de nuestros apuntes sinsentido. Mientras ella invitaba a pensar nosotros queríamos memorizar, mientras ella nos decía relacionen nosotros resaltábamos fotocopias baratas, todo al revés.

Con ella no podía, quise apuntar a la materia pero ninguna me parecía más interesante que esa, los textos lejos de ser complejos o difíciles son abarcativos, compactos hasta en algunos casos insuficientes para conceptos tan explotables. No tenía por dónde escapar.

Tenía un banquete de excusas, podía abandonar, simular y rogar para que el azar se encargue de darme alguna a mi favor, creer que la materia “al final” no era taaaan importante que es una más de las que tengo que acumular para tener el cartoncito, que no tengo que ser tan exigente conmigo mismo, de acariciarme la espaldita diciéndome que tengo mucho encima, que todo no puedo, que me estoy enfrentando a cosas muy difíciles. Podía echarle la culpa a cualquiera (hasta la docente cual satanás en el desierto nos pide que en la última clase le digamos cuál texto nos parecía menos accesible) siempre en el afuera, siempre en los demás.

La verdad es que no soy víctima de nada ni nadie, no estudié bien, no me concentré, lo hice mal, no pude organizar el conocimiento, no pude traducirlo en palabras, no le pude dar estructura. Miraba el extractor, pero en verdad me miraba a mí.

Miraba mi mezquindad, mi insuficiencia, todo mi potencial ridiculizado ante un examen simple, breve y concreto. Tanta complejidad Sebastián, tanta sagacidad para hacer comentarios estúpidos y estériles, tan poca sinapsis para responder tres preguntas. El universo me susurraba al oído “tanta filosofía te la vas a tener que meter en el culo, ¡boludo!”.

¿Sabía las respuestas? probablemente sí, o las podía fabricar, pero no las podía escribir como debía hacerlo, iba a dar vueltas, iba a llenar tres páginas de conceptos no específicos que iban a hablar de lo mismo pero que no iban a terminar más que generando un “te daba para más Sebastián” en quien lo leyera. Tenía el parcial en la mano y tres caminos: me victimizaba, me hacía el que no me importaba o me hacía cargo.

Pero en lo único que pensaba era en la humillación, en la humillación como cachetazo, no podía escribir porque sabía que merezco el aplazo, merezco el ridículo, que se grite mi nota y todos digan ¡já! que la mirada del otro me perfore, sentirme un imbécil, un hablador, un pedante que hizo mucho ruido, sentirme en ridículo, publicar esto, tirarme sobre la cabeza la ceniza de mi mediocridad, señalarme a mí mismo, que leas mi vergüenza.

Ya había decidido, me levanté diciéndole algo a la profesora que en verdad me lo decía a mí “Las excusas son el modo de vida de los mediocres y los ignorantes”… no era un parcial lo que estaba entregando, era una forma de encarar el conocimiento, la facultad, mi vida… no bajo excusas, no bajo medianía, ni tibieza, ni martingalas o abogallescas chicanas.

Una confirmación cual epifanía del cielo apareció ante mis ojos… un imbécil le dice a la profesora: “Profe, no sé si llego al siete pero si saco seis capaz tenés en cuenta mi esfuerzo y ponés un puntito”. Ahí me di cuenta que me bajé a tiempo de esa carrera, que estaba bien entregar así, que estaba bien sacarme una mala nota, que no tenía que salir de mi boca un solo intento de justificación, el camino era asumir mi ignorancia, mi incapacidad.

Esa hora y media resultó ser el tiempo que me tomó responder a una pregunta que no estaba en el parcial:

¿Víctima, indiferente o responsable?

Sebastián Tallon

Iom Bet, 28 de Nisan 5771

Ayer estaba hablando muy mal de alguien, decía cosas del tipo se le subieron los humos, tiene que bajar a la realidad, no tiene ni medio dedo de frente y lo que está haciendo es una locura.

Casi siempre me la paso dando consejos no pedidos y hablando con gente que realmente no me quiere escuchar, fingiendo una distancia y objetividad absolutamente insostenible y falsa. Entre esas frases está la que me paso diciendo: quien habla mal de vos te hace un favor.

Es que la gente de mierda que habla mal de alguien, al ser ya conocida su condición de mierda, terminamos considerando lo contrario a lo que afirma. Por lo que si un imbécil dice “Sebastián es un idiota”, dos tipos de personas lo escucharán: a. otro imbécil que va a decir que sí y va a agregar algún comentario innecesario y b. alguien que al conocer la imbecilidad de su interlocutor e importarle muy poco mi idiotez hace caso omiso.

Quien habla mal de vos te hace un favor, es más fácil que te victimices, es el pie perfecto para que lo agredas, para decir que él comenzó primero, que él es quien tiene algo en contra tuya vos nunca dijiste nada de él. Es genial.

Cuando considero locura, soberbia, irreal e irracional lo que el otro hace, en verdad lo que me molesta es no tener los huevos que ese loco, soberbio, fantasioso e irracional ser humano está animándose a hacer. Me molesta que no se me haya ocurrido a mí primero, me molesta que el otro tenga talento para eso y yo no, me desquicia por dentro pensar que el otro no se deja paralizar por el miedo, me enfurece e indigna estar cagado en las patas mientras el otro sonríe. Necesito escudarme de mi propia mediocridad, convencerme de que es una estupidez y convencer a otros para que asientan, porque haciéndolo puedo creer mi engaño.

Es mucho mejor sentarme en mi casa frente a la computadora y criticar, que nadie note que en realidad no hago nada, que nadie se dé cuenta que no soy capaz de hacer el 5% de lo que ese imbécil está haciendo, decirlo de una forma racional y sagaz para que todos me den la razón. Porque parándome en ese podio me siento seguro, no necesito desafiarme a nada, no necesito demostrarme nada, ¿para qué? si soy una persona segura, no necesito demostrar mi capacidad en nada, lo asumo como tácita, así todos la creen, así yo la creo, así puedo acusar al otro de soberbio y pedante, que necesita mostrar algo que no es, algo que supuestamente yo ya soy.

Hablando mal del resto estoy seguro que estoy hablando bien de mí, porque me diferencio, porque al decir que el otro es un estúpido en realidad estoy diciendo que yo soy inteligente, porque llamando al otro intolerante yo quedo como un tipo de temple, porque diciendo que el otro es un inseguro de mierda convenzo que yo tengo personalidad.

Mejor es tomar a todos de estúpidos, tomando a diez personas de idiotas con algún cómplice (también idiota pero que se crea inteligente) este va a creer que soy genial, si me río de los otros en silencio con alguien, lo convenzo de que soy respetuoso porque no me estoy riendo en la cara, por eso lo hago a espaldas, por buen tipo no por hijo de puta.

Porque soy tan bueno y tan genial, tan discreto y tan confiable que te lo digo solamente a vos, porque sos mi amigo y porque sé que no se lo vas a decir a nadie… pero ese es puto, aquel es cornudo, esa es una histérica y ese un malagradecido. No soy chismoso, soy sincero y además, ¡tranquilo!, que de vos no hablo, si tuviera algo que decirte te lo diría en la cara.

De esa forma a la noche no me quedo despierto pensando en nada, estoy satisfecho, con la panza llena, todo el mundo me admira por mi inteligencia, por mi discreción, por mi tolerancia, por sagacidad, por mi talento… aunque realmente no tenga nada de eso.

Porque si no soy evidente, si finjo bien la mayor parte del tiempo, entonces todos me van a creer, yo me voy a creer que soy un buen tipo, que los demás son los que hablan mal de mí, que los otros son los malagradecidos y venenosos; de esa forma me muestro fuerte para ganarme la confianza de los demás y víctima cuando necesito algo de ellos.

Nada más rico que una pantomima de cenar, pero ojo, con un buen vino, porque yo tengo buen gusto y un paladar exquisito.

Cuando los demás hablan de mí son injustos y no conocen mi realidad, pero ahora que estoy hablando de ellos, yo sí soy justo y sé por qué lo dicen: porque son envidiosos, porque yo logré lo que ellos no.

Y todavía me queda cara para hablar mal de otros. Todavía me queda cara para ofenderme cuando me entero lo que otros dicen de mí. Me encanta repetir una y otra vez que no me importa, aunque me muera por saber qué dicen, para descalificarlos, para acordarme de su más oscuro secreto y dejarlo entrever bajito.

Así es que me doy cuenta hoy, que durante mucho tiempo puedo vivir así, convenciéndome de que soy especial y único, que mis asuntos son los más importantes y relevantes, que mis temas son los más interesantes y mis argumentos los más sólidos y válidos… así nunca voy a tener que mirar adentro, nunca voy a tener que fijarme en mis propias desgracias, ni en lo que realmente soy, no sea que no me guste.

Muchos son así, ¿por qué yo no? ¿para qué perder tiempo en pulirme o ver qué realmente quiero? Eso es para los hippies mugrosos de Plaza Francia, para los místicos y toda es manga de gente vacía que necesita agarrarse de alguna de esas estupideces filosóficas para justificar su existencia.

¿Por qué lo digo? de nuevo para que vos asientas, para volverme a convencer de lo genial y sincero que soy. Y porque quiero criticar más a otros, esta hipocresía de hacer algo y decir otra cosa queda bien.

“Es muy fácil caer en lo que uno critica, es más simple y reconfortante devolver con la misma moneda, lo complejo está en pensar por qué me molesto, por qué reacciono: ¿será mi ego?”

Sebastián Tallon

Iom Bet, 7 de Nisan 5771

En inglés hay una expresión a la que nunca le encontré la traducción apropiada, todavía no escuché la palabra que transliterara el sentido y la carga emocional de dar for granted, es decir, dar por sentado algo o alguien, asumir que estará ahí pase lo que pase.

Como buen ser humano soy de lo más soberbio que hay, considero la mía como la única forma inteligente de vida, creo que mi estilo de vida es más importante que la salud del planeta donde lo desarrollo, creo que soy más importante que el otro, mi cultura es siempre más interesante y civilizada mientras la del otro es aburrida y salvaje, mis problemas son más relevantes, mis reflexiones más sagaces y si no soy dueño de la verdad, por lo menos tengo la versión que más se acerca a ella, sin olvidar jamás la inmensa humildad que tengo: soy insufrible.

Esta actitud me lleva a veces a pensar que puedo dar for granted la mayoría de las cosas que me rodean: incluidos amigos, familiares, trabajos, conocimientos etc. Me meto en una burbuja de creer que todos me quieren escuchar, que todos me quieren leer y hasta llego a pensar que existo porque tengo una misión muy importante que realizar… ¡mentira!

No es por forro o pesimista que diga que no tengo ninguna misión en la vida, lo cruel es que me hayan criado haciéndome creer que sí la tengo, que las personas que amo y me aman siempre van a estar a mi lado, que el amor siempre gana, que me merezco lo mejor y muchos etcéteras más que no terminan más que dándome frustraciones y dolor; o me terminan convirtiendo en uno más de los boludos que se auto-engañan con libritos de auto-ayuda espantosos.

Con el tiempo llegué a creer que podía hacer y decir cualquier cosa, si el otro se queda o se va, se enoja o no, es problema de él y no mío. Que yo soy como soy y al que le gusta bien y al que no le gusta mal, el famoso “a mí no me importa lo que el otro piense de mí”. Pocas actitudes son tan mediocres y falsas como esa. Como ser sociable, y -a no ser que fuera un psicópata impedido de sentir- lo que el otro piensa me importa, quizás no sea determinante ni lo más trascendente, pero taparlo no hace más que afirmarlo a fuego en todas las actitudes que supuestamente lo niegan.

Dar por sentado que el otro va a estar ahí, hace que lo descuide, que no lo escuche, que no le preste atención y que eventualmente se aleje de mí. Lo interesante es el tiempo que pasa entre que lo dado por sentado se va, y el momento en que yo me doy cuenta que no está.

Oscar Wilde en su maravillosa obra “La importancia de llamarse Ernesto” cuenta la historia de Jack, un hombre que enamora a la Honorable Gwendolen al hacerle creer que se llama Ernesto, sin ánimos de cagarle la obra a nadie, todo termina cuando Jack descubre que en su infancia había sido bautizado con ese nombre que antes había fingido tener, es cuando afirma probablemente la mejor línea de la obra:

- Gwendolen, es una cosa terrible para un hombre descubrir de pronto que durante toda su vida no ha dicho más que la verdad.

La importancia de no creerme importante resulta ser paradójica. Al igual que Jack creyéndose Ernesto me paso la vida creyéndome importante en la vida de los demás, dando su presencia, cariño y apoyo for granted, sólo para darme cuenta que el día que abrace la humildad, cumpla con mi palabra, los mire realmente a los ojos, trabaje para estrechar esa relación y vea cómo los trato… es ahí donde voy a terminar por descubrir que siempre me llamé Ernesto.

“La importancia que le damos a los demás, es casi siempre proporcional a la importancia que los demás tienen para nosotros; sino, algo anda mal.”

Sebastián Tallon

28 mar, 2011

Espejito, espejito.

Iom Bet, 22 Adar II 5771

En la semana voy a cambiar el encabezado de este blog porque es una falacia, no hablo de filosofía, ni esto es un diario, ni estoy estudiando comunicación, probablemente lo cambie por algo que diga “un fulano al que le gusta decir obviedades de forma aparentemente compleja cuando se le canta” pega más con lo que vengo haciendo.

Hace casi 3 años abrí este blog como un espacio de expresión al pedo, no soy fructífero en mi escritura ni tampoco éstas son de calidad, pero de algo pueden estar seguros: no escribo porque sí. Solamente lo hago cuando tengo algo que decir, bien estructurado o no, bien redactado o no, claro o no, me haga quedar bien o no (como es el caso de hoy). Si alguien quiere bajarse del tren por favor tire un mail para que lo saque de la lista.

Era un fin de semana de enero de este año, estaba sentado tomando un café y hablando con Rodrigo y estructuré probablemente una de las frases que más experiencias me costó: “Me admiro con desdén”.

Como notarán en el histórico de entradas tengo problemas, y no solo gramaticales, tengo problemas con la gente: cada vez la encuentro más desagradable, egoísta y psicópata. Cada vez veo menos interés y amor sincero en los ojos ajenos. Durante mucho tiempo pensé que todos buscábamos más o menos lo mismo, que todos queríamos acercarnos lo más posible a nuestra verdad y realidad, no engañarnos, cambiar lo que nos jode o le jode a los que amamos, ser alguien positivo y constructivo para el otro.

Pero, del otro lado te encontrás mayormente a dos clases de personas el que está más interesado en que lo escuches, en contarte su problema y su drama pero… eso sí, no te atrevas a querer ayudarlo, no se te ocurra estirarle la mano para que salga de ese charco de mierda, ni se te vaya a escapar un consejo desinteresado porque fuiste.

Y por el otro, al que no se abre ni a gancho, que te cuenta de lo personal lo justo y necesario, que no termina de confiar en vos, no termina de ser tu amigo ni entra en la categoría de conocido, es un pequeño o pequeña Suiza flotando por el aire, que sabes perfectamente que si te diera la oportunidad serías un gran amigo.

Y ese es mi problema, durante años logre desarrollar habilidades que ahora no sirven de nada: influenciar, explicar y ayudar. No me jode en lo absoluto escuchar problemas ajenos, por el contrario disfruto sentirme útil, aportando una óptica diferente, demostrando que pueden solucionarse sin tanta complicación y comprometiéndome en dar una mano. Pero el que te cuenta su problema no quiere solucionarlo y el que quiere solucionarlo no te lo cuenta.

Tampoco soy el amigo de los problemas, que solo esta para escuchar o contar bardos.

Lo curioso de todo esto es que cuentas menos razones encuentro para dar segundas oportunidades más las doy, cuando más seguro estoy que nadie quiere ser ayudado más ayudo, cuando estoy seguro que esa persona no quiere cambiar la ayudo para que lo haga, cuando la lógica me dice que una persona me va a cagar más espero que aparezca con algo de lo que me debe, una excusa y un vino barato o una excusa barata y una botella de vino… lo que sea.

Acá está la inflexión: ¿el problema es el otro o soy yo? Obviamente el problema soy yo, por  lo que agarro un espejo y pienso: Yo sé que en muchas cosas voy al revés, que hablo cuando tengo que callarme, que puteo cuando tengo que hacer chistes y que soy tímido cuando nadie me ve. Admiro esas cosas de mí, admiro profundamente la tolerancia que desarrolle en estos últimos años, me admiro por no estar preso por homicidio doloso de algún hijo de puta, me admiro por haber guardado silencio cuando podía incinerar merecidamente a algún traidor, me admiro porque sé que soy un pibe con potencial.

Pero a la vez me rechazo en estas mismas cosas que me admiro teóricamente, me rechazo en la práctica de ellas, por ser tan tolerante con este y con aquel, porque en serio debería haber matado a ese y a esta, porque no me tendría que haber callado ante semejante forro y porque tengo mucho potencial y a la vez no hago ni 3 carajos con él. (Perdón a la gente sensible al lenguaje grosero)

En fin… soy un egocéntrico pedante con baja autoestima.

Soy un péndulo que va desde la admiración profunda al desdén absoluto. Cuando me examino a mí mismo me veo como un orgulloso presumido, no sé por qué, me veo así y punto. Y a la vez creo profundamente en mis virtudes, me admiro por mis buenas acciones y mi caracter firme; y a la vez me desprecio por venir a publicarlas acá con falsa humildad. Es un círculo en el que hablar de mí es egocéntrico pero hablar de los demás es pedante, saber que soy un buen tipo es pedante pero hablar mal de los demás es soberbio, etc.

Y esto es exactamente lo que proyecto, todas las personas que acá critico, de las que espero el 5% de lo que les di, no se comportan distinto de como yo me comporto conmigo. Estoy seguro que mis amigos y ex amigos, conocidos y no tan conocidos coinciden en que no soy malo, que tengo buen corazón, que soy gracioso, simpático y filoso cuando quiero pero que también tengo un carácter de mierda, que hay días que soy intratable e insufrible, que es confuso como puedo ser tan desinteresado y bueno y a la vez tan egocéntrico y orgulloso. Sé que hay personas que me quieren y otras que no tanto y otros que por no entender o marearse ya prefieren el desprecio. Todo bien, pero ustedes no me ven diferente de como yo me veo a mí y eso es lo que quise decirle a Rodrigo cuando le espeté que “Me admiro con desdén”.

Tengo una lista de fracasos y logros por igual, tengo tantas razones para frustrarme como para sentirme capaz.

De pronto comprendo que todas las personas a las que quiero ayudar y que me terminan decepcionando son yo mismo cuando intento sacarme de situaciones jodidas y fracaso, que aquellos que se pasan llorando sus miserias sin querer salir de ellas son yo mismo lamentándose siempre por no ser amado y a la vez haciendo nada por encontrar a alguien; acepto a regañadientes que esas personas que me dicen “Seba te re quiero así como sos” pero hablan por lo bajo… son yo mismo cuando grito mis virtudes pero en silencio me humillo por mis defectos; acepto que soy yo mismo el que se admira, se confunde y se rechaza.

Ahora sé por qué sigo confiando, ayudando, amando y esperando a que los demás crezcan, aprendan y se superen… entiendo por qué quiero que los demás se dejen ayudar, ahora tiendo por qué soy tan bueno influenciando positivamente a los demás… en el fondo debajo de toda esa mierda que me tiro a mí mismo estoy seguro que puedo crecer y aprender, dejarme ayudar e influenciar por buena gente.

“Probá esta vez pensar que el problema podés ser vos y no los demás, agarrá un espejo, mirate y decite la verdad.”

Iom Dalet, 22 de Tevet 5771

Estaba releyendo un libro que compré hace un año de Charles Pépin llamado Los filósofos en el diván, cito la parte que motivó esta entrada y resalto en negrita para mí lo más importante:

“Aquí tenemos la definición exacta de la superstición: el temor de nombrar lo que asusta, lo que angustia. Como si, al ser evocada, al ser simplemente nombrada, la fuente de la angustia fuera a hacerse más real. Como si fuera posible curar por el silencio, volverse atinado a fuerza de callarse, de mantener lo que hace mal lo más lejos posible de nuestra consciencia. Pero lo más lejos posible de nuestra conciencia es justamente allí donde hace más mal, y eso se llama el inconsciente.”

Me hizo pensar en lo que me dijeron hace unos días: Sebastián, sos dueño de tu silencio y esclavo de tus palabras. Detesto las frases hechas, me dan vergüenza ajena, parece que quien las dice busca una justificación para algo incomprensible incluso para él mismo, trata de validar su pensamiento democráticamente diciendo algo dicho por la mayoría, seguramente en el fondo para que nadie contradiga ni ponga en duda lo expresado. Que se yo, me parece que si algo que uno quiere decir no puede expresarlo de forma original y compuesta por uno mismo termina siendo una frase sin sentido real.

Además estos días me hicieron partícipe de una lista de mails en los que entre otros temas se hablaba sobre el silencio, la prudencia de quedarse callado y que esto era una característica de sabios. Esto estaba en contraposición con el texto citado arriba, por lo que me puse a pensar cuál de los dos extremos era el más acertado. ¿Era el silencio algo positivo o era simplemente tirar la basurita abajo de la alfombra?

Entonces diferencié dos episodios claros del silencio, dos formas distintas de ejecutarlo. En primer lugar el silencio como acción, es decir el hacer silencio, para escuchar, para aprender o porque resulta más valioso en ese momento ser receptivo que emisor.

Por el otro, el silencio como no-acción de palabra, es decir, el callarse algo, atragantarse las palabras. Muchas veces me ha parecido una posición soberbia y otras prudente, de nada sirve decir algo que puede empeorar una situación, o decir cosas que no quieren ser escuchadas. Es como dice Pépin alejar de nosotros, de nuestra consciencia aquello que se sabe, se piensa o se defiende.

Lo más interesante de esto es que el silencio, sea ejecutado como acción o como no-acción de palabra, no puede identificarse a simple vista, cuando alguien guarda silencio a veces me quedo pensando si realmente me está escuchando o solo está esperando que me calle para entonces comenzar su discurso, en otras, esto es evidente.

Desde el que se calla porque cree demasiado ignorante al otro, o al que llora porque tiene palabras atragantadas que no pudo o no quiso decir, el que se amordaza secretos entre los dientes durante años y hasta en la duda que todos tenemos al no saber si decirlo puede ser más perjudicial que beneficioso o viceversa, en todas y cada una de estas circunstancias el tipo de silencio empleado es vertebral para descubrir la intención y hasta la solución.

Esta entrada no pretende ser una reflexión cerrada, en verdad ninguna lo es, esta resulta ser una de las más vagas que escribí, es algo que simplemente quería decir para que les quede dando vueltas, seguramente formarán su propia conclusión o aprendizaje (o no) de esto. Por mi parte les dejo lo que entendí o pensé.

El hacer silencio es el acto de aceptar que aún podemos y debemos aprender, es abandonar el egoísmo y el egocentrismo, saber que las palabras del otro también pueden enseñarme si me propongo a escucharlas sin sensibilidades. Como decía Pépin en la cita, a veces creemos que a fuerza de callarnos nos volvemos más atinados, creemos que con alejar, censurar y enterrar aquello que nos duele ya no hará más daño.

Esto en verdad hace que las palabras no dichas en ese silencio como no-acción, termine colocando ese dolor, ese conocimiento, ese consejo o ese amor en un lugar más peligroso, en el lugar donde puede hacer más daño: en la nada.

¿Qué podría resultar más peligroso que no pensar, no reflexionar o no expresar algo?

“Deberíamos enojarnos menos por lo que la gente dice y preocuparnos más por lo que la gente calla.”

Sebastián Tallon

Haciendo clic acá puede leer la incomprensible versión original de esta entrada.

Iom Guimel, 23 de Av 5770

Jean Paul Sartre decía “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”, sin aparente conexión analicé a las redes sociales con el carajo este del día del amigo… y la frase de mi costurero amigo me invita a que reflexionemos un poco sobre esto.

Las redes sociales son un tema demasiado trillado, de todas formas hoy lo quiero pensar y compartir. En general estas redes promueven conectarnos más sin necesidad de recorrer distancias, aunque prometen facilitarnos la comunicación en verdad solo confunden simplicidad con simpleza. La monopolización de la comunicación es un encierro, es una limitación.

Dos problemáticas son las más llamativas, una es el concepto de “in-out” al que nos mal acostumbramos con el consumismo, la pertenencia a Facebook, Twiter, Orkut, etc. es casi una cuestión de existencia, quién no escuchó todavía “qué clase de persona todavía no tiene facebook”. La segunda es para mí la más relevante, el acceso a la información. Cuando esta concentración de data te impide acceder a ella si no perteneces a tal o cual página es una exclusión.

Paradigmas como el de amistad se ven totalmente modificados, se denominan a desconocidos “amigos” sin siquiera tener una relación profunda con ellos, esto en comunicación se ve como la devaluación de un concepto, se utiliza tanto que cuando realmente debe usarse, el peso y el significado ya no se corresponden. Un claro ejemplo son los medios que constantemente hablan de: caos, colapso y tragedia; la dificultad de esto será cuando se presente realmente una tragedia pero ésta ya no tenga el mismo efecto en el receptor.

Lo mismo pasó con la amistad en las redes sociales, por eso se empiezan a utilizar términos más fuertes y ajenos a la amistad para definir a los más íntimos, los denominamos por ejemplo hermanos, queriendo devolverle un significado más intenso a una relación a la que “amigo” ya le queda chico.

Sobre la responsabilidad tendríamos que hablar en primer lugar del desequilibrio entre calidad y cantidad que sufrió la amistad en los últimos años. Me surgen preguntas como ¿por qué hace 50 años alguien no tenía 1500 amigos? ¿cómo hacía la gente para saber que pensaba su amigo sin poder acceder a su muro? y la respuesta es simple la gente prefería la calidad porque la cantidad era inmanejable.

No se podía festejar 1500 cumpleaños al año, aniversarios, nacimientos, casamientos, etc. Porque cada amigo exigía una cuota de tiempo y dedicación. Lo mismo ha sucedido con el conocimiento ya no se valora más el conocimiento específico, sino saber un poquito de todo. Ya no se valora tener pocos y buenos amigos sino acumularlos y amontonarlos en el placar como si esto nos hiciera más sociales o mejores seres humanos.

Hoy muchos se creen líderes, ejecutivos y la tecnología se transforma en su secretaría, le informan lo que sucede, quién viaja, quién volvió al país, con quién tiene que salir el fin de semana, de quién es el cumpleaños, cuáles son los próximos eventos y hasta que frase célebre tiene hoy para decirle la galleta de la fortuna. Todo lo que antes se hacía con sacrificio y esfuerzo hoy señora puede hacerse con un simple clic, ya no tiene que viajar a la casa de su amigo, ya no tiene siquiera que asistir a su fiesta de cumpleaños, tampoco tiene que pensar en un regalo ni mucho menos prepararle un té, hoy la tecnología le permite quedar bien con un simple “Feliz día amigoooooooooo que la pasas super bien“. Esto lógicamente nos deja mucho tiempo libre el cual utilizamos en coleccionar un número de pseudo-amistades a las que realmente no nos importa cómo están ni qué les pasa.

“Yo Seba la verdad no sé ni el número de teléfono de mi marido de memoria” me dijo una amiga ayer a la tarde… yo mismo no me acuerdo el número de celular de mi mamá de memoria, porque mi servicial aparato telefónico se encarga de memorizarlo por mí; me olvide de varios cumpleaños de uno de mis mejores amigos Oscar, incluso falté a su casamiento por un viaje de negocios, ESO es ser mala persona, y no puedo culpar a nadie, por el contrario tengo que hacerme cargo.

La tecnología nos está deshumanizando, haciéndonos vagos e irresponsables. No critico a la tecnología en sí, ni la demonizo, por supuesto que es útil y un bien en muchísimos aspectos para eso no quita que esté cambiando nuestros parámetros sociales y que estos nuevos parámetros no sean necesariamente positivos.

Esto provoca un fenómeno genial, un aluvión de víctimas, máquinas de excusas, el no contar circunstancialmente con la tecnología que nos recuerde algo suscita esta clase de frases:

  • noooooooo!!! no sabes lo que me paso…
  • pasa que mi vieja justo ese día….
  • no te puedo creeeeeeer en serio? bueno viejo felicidades.
  • uhhhhhh me re olvidé es que ando con mil cosas en el laburo.
  • uyyyy yo pensé que era la próxima semana mirá vos tengo la cabeza en cualquier parte.

¿Quién lo dice? La víctima, la desagradable víctima, la que siempre tiene una excusa, un pero, un por qué para todo, nunca la responsabilidad de reconocer y no justificarse. Edgar, un viejo amigo al que quiero muchísimo pero con el que no hablamos hace tiempo me enseñó algo que nunca voy a olvidar y que se reafirmó cuando leí a Sartre: Por alguna razón había llegado tarde a uno de nuestros encuentros y cuando quise explicarle el por qué de mi eterna impuntualidad me dijo “Sebastián, un caballero no tiene excusas”, no se necesito decir nada más, y la enseñanza radicó en que me lo dijo sin el más mínimo enojo o rencor, todos hemos escuchado frases como estas en boca de jefes “no me interesa lo que tengas para decirme” pero esa vez yo entendí que las excusas son una victimización y un intento de justificación a nuestra irresponsabilidad o descuido que debe ser asumido por respeto al otro.

Pensando en todo esto realicé un pequeño experimento, 2 días antes de mi cumpleaños cambié las fechas que figuran en los perfiles de facebook de 2 de agosto a 28 de julio para ver quienes realmente dependían de esto para recordar esa fecha, esto me demostró que de las 250 personas que son mis amigos en redes sociales 9 lo recordaron de todas formas 4 por teléfono. Y con esto van dos necesarias aclaraciones.

  1. Que algunos se hayan acordado y otros no, no tiene nada que ver con quien me quiera y quien no, perfectamente alguien puede acordarse por tener buena memoria y esto no estar relacionado con que me considere un buen amigo, y viceversa con el que no se acordó.
  2. Esto no es una recriminación del tipo que mala persona que sos te olvidaste de mi cumpleaños” sino una reflexión, estoy seguro que si hubiese dejado intactas esas fechas estaría lleno de mensajes del tipo “feliz cumple sebaaaa pasala genial” y las 25.852 ramificaciones de esa expresión. Tampoco quiero decir que quien usa esas frases no las siente. La fecha no es el punto acá sino una muestra que intenta ejemplificar de forma clara y fehaciente mi punto.

Lo que creemos que nos comunica, que nos libera, nos está haciendo más esclavos, e irresponsables; nos convierte eternamente en víctima de las circunstancias, la vida, el colectivo, el tráfico y el clima.

Probá en tu próximo cumpleaños no avisar nada, sacar esos recordatorios de las redes sociales, compara los resultados con los de otros años y vas a entender mi punto.

Filtremos gente, usemos el criterio y principalmente prestemos más atención, abandonemos la comodidad de aprender las cosas googleándolas, no entremos en Wikipedia, visitemos la casa de los amigos, y no sus perfiles, démosle un abrazo sincero, un beso afectuoso una muestra de que la amistad es mucho más que las opciones de “aceptar” e “ignorar”.

“Volver a las raíces no es necesariamente retroceder sino un constructivo ejercicio de memoria.”

Sebastián Tallon

Iom Dalet, 18 de Tammuz 5770

De impedimentos como seres humanos estamos llenos, de alguna forma parte del sentido de la vida es ir superándolos, aprender y avanzar. Este ejercicio de lucha constante contra lo que no nos permite ser, entra en conflicto con varios intereses intermedios, más que nada emociones, deseos y sueños. Poco a poco voy descubriendo que el NO es más positivo que el SÍ, que saber decir no en el momento apropiado es más sano y asertivo que decir sí en el suyo.

Siempre hablando con amigos surgía una frase que a muchos tiene podridos, “trazá una linea alrededor tuyo y pone un cartelito que diga ‘te puedo amar, te puedo adorar, pero cruzas esa línea y te cago a patadas’ ” cuando uno tiene buena leche, cuando hay buenas intenciones el amor que puede tener por los demás hace que uno renuncie a esos límites, los flexibilice, o hasta los rompa. El amor hace del NO una palabra muy difícil de pronunciar y de la vulnerabilidad propia una obra de Marta Minujin.

Ya lo habré mencionado un millón de veces pero “madurar es tomar decisiones y bancarnos las consecuencias“, no quiero parecer pedante citándome constantemente pero esta entrada es muy personal y podría quedar más intelectual citando grandes pensadores de apellidos impronunciables pero aunque a veces sea malhablado mi corazón es bienintencionado. Y no entiendo por qué resulta para otros tan difícil comprender que cuando uno elije y decide sobre algo debe hacerse cargo de lo que ésta decisión conlleva.

Tengo mucho dolor, dolor porque no puedo ser indiferente, dolor porque no puedo meterme, dolor por las consecuencias evidentes que vendrán en el futuro, y dolor por ser tan débil y esperar a último momento para decir ¡Basta! Sería tan fácil encerrarme en mi departamento, apagar el celular, hundirme en las dulces páginas de un libro e ignorar todo lo que pasa ahí afuera, dedicarme a ser feliz, amar a aquellos que me aman por igual y olvidarme del resto… pero no puedo; quizá esté enfermo.

Me duelen los ojos de ver injusticias, me duelen los oídos de escuchar tanta hipocresía y descaro, me duele escuchar gente diciéndome qué clase de judío soy, me duele ver gente juzgando a boca de jarro errores en los demás que acaban de cometer ellos mismos… me duele hablar al aire palabras que no quieren ser escuchadas, me duele ser tan tolerante y silencioso con cosas que debería gritar y enfurecerme, me duele dar amor, tiempo y preocupación a quienes sólo pretenden manipularme y aprovechar el mientras dure, me duele saber que merezco más de lo que me dan, me duele las personas sin argumento que odian por qué sí, soy un ignorante pero no me tomen de boludo.

Siempre soy yo quien trata de compartir algo que sea constructivo para vos, hoy soy yo quien necesita que hables conmigo y me digas, cuántas oportunidades deben ser dadas antes de decir ¡Nunca Más!, ¿Cuándo decir BASTA de forma definitiva?

“El peor daño y humillación no es vengarte del que te ataca o te odia, sino ignorar y no valorar al que te ama y desea tu felicidad”.

Sebastián Tallon

11 may, 2010

Ayuda, no asistencia

Iom Guimel, 27 de Iyar 5770

Marcela es una de las mujeres más importantes de mi vida, es una de esas personas a las que estás unido siempre no importa que no la vea por dos o tres años cuando nos reencontramos es como si nos hubiésemos visto la semana pasada. Ambos sabemos que lo que significamos para el otro no es modificado por espacio o tiempo.

Hace aproximadamente 7 años me dijo una frase que me marcó: “Sebastián, no confundas ayuda con asistencia”, desde ese momento creo que nunca dejé de pensarlo. Si bien el ayudar al otro es una de las más importantes buenas acciones que puedan realizarse, es fácil ayudar al desconocido, al pobre, al mendigo… darle algunas monedas y liberar en ellas un poco de la culpa acumulada de lo que deberíamos hacer, pero es muy difícil ser constantes, responsables y organizados al ayudar al otro.

Caridad, ayuda y asistencia son tres cosas que quizá erróneamente siempre disocio. Caridad es justamente la ayuda que uno le da al desconocido, la colaboración anónima, sin seguimiento, sin ver ni querer saber a dónde va el dinero o lo que se dona. La caridad es fundamental para desarrollar el musculo de dar, siempre que lo hablé fue un tema polémico porque la gente excusa su avaricia en frases como “yo no sé dónde va el dinero” “yo no voy a mantener los vicios de los padres explotadores de estos pobres chicos” “yo no voy a darles dinero para que los usen en drogas”, sin embargo después de eso no solo no dan dinero sino que no dan absolutamente nada y se olvidan del asunto hasta el siguiente semáforo donde en este, suelen empezar a despotricar contra el gobierno en el que nunca propusieron nada, las organizaciones con las que nunca colaboraron, o instituciones a veces inexistentes que tienen la obligación de encargarse del asunto para no tener que ver más esas cosas. Siempre hablan de lo mucho que les molesta a ellos ver esas escenas, en vez de pensar en lo terrorífico que debe ser vivirlas.

Para mí la caridad debe ser ciega, dar sin importar a dónde va, entregar por más que sepamos que eso va para una cerveza, una bolsa de pegamiento o una empanada. Creeme que yo estuve en la calle, sé lo que es pedir comida o quedarme sin una moneda para el colectivo, si no fuera por la gente que dio sin excusas o desconfianza yo no hubiese aprendido a dar.

Por otro lado la ayuda es una acción más estructurada, necesita un seguimiento, un plan, un plazo y siempre tiene altos y bajos. Si bien yo creo más en la ayuda ofrecida que en la pedida, definitivamente la ayuda no es para cualquiera, y casi siempre el que ayuda suele mostrar tarde o temprano las verdaderas intenciones de su ayuda; con esto quiero decir que si el que ayuda realmente no lo hace desinteresadamente, de corazón, con tolerancia, paciencia y con un plan claro, tiende a aburrirse, echarse para atrás o simplemente desaparecer con alguna mala excusa. Sólo el que desde un primer momento tuvo en claro lo que la ayuda representaba y representaría hasta el final es el que la completa con satisfacción y alegría y no convirtiendo lo que se pensaba bueno en una carga.

El ayudar a alguien es básicamente lo que se conoce como enseñar a pescar, esta metáfora es más explicativa de lo que suele pensarse, no es solo tirarle una caña por la cabeza y decirle “ey! Cacho acá tenés la caña y ahí el río” sino la dedicación, la paciencia de mostrar paso a paso lo que uno sabe, cómo elegir la caña, saber mirar el agua, los horarios donde hay mayor pique, qué anzuelo va para qué pez, etc. y esto también significa saber entender los tiempos de aprendizaje del otro, tiempos que nunca coinciden con los nuestros.

Los mayores ejecutores de la ayuda para mí son los docentes, personas incansables que pueden hablar del mismo tema una y otra vez con el solo objeto de transmitir el conocimiento, casi ningún sueldo de docente justifica ni valora la esencia de la profesión, pero el docente cobre o no lo que es merecido su alimento principal sigue siendo la enseñanza, y personalmente no creo que haya ayuda más profunda y duradera que ésta.

Lo que nunca se tiene en cuenta de la ayuda es aquello que se da y nunca puede ser devuelto, este es el tiempo, el que ayuda no solo entrega dinero, enseñanza, amor, un consejo o un abrazo… siempre entrega tiempo, se le podrá devolver el dinero, enseñarle otra cosa, darle más amor, otro consejo o infinidad de abrazos… pero el tiempo que fue dedicado es algo que nunca se puede devolver y es quizá lo que convierte a la ayuda en tal.

Sin embargo, la ayuda corre un peligro muy grande que es la de caer en asistencia, la asistencia se disfraza de ayuda solo que tiene una característica inconfundible, es interminable.

Casi todos los casos de asistencia son las ayudas pedidas y no las ofrecidas, es decir la persona que pidió ayuda, en verdad no pide ayuda sino una asistencia indeterminada, sin límites, ni plan, ni estructura ni nada; aunque en ambas (pedida y ofrecida) se corre el mismo peligro, la asistencia termina en su mayor parte en una relación parasitosa donde el asistido siempre sufre una cantidad interminable de problemas, nunca se recupera y siempre necesita más y más. Ojo, que una de las variables más jodidas es también cuando el asistido se recupera o encuentra otro que le da una mayor asistencia y se olvida por completo de quien lo ayudo y se borra sin siquiera un “gracias” de mala gana.

La idea de compartir esto con ustedes es para tratar de desmitificar lo que la ayuda significa o simboliza, el que ayuda no está por encima del ayudado, ni el que recibe la ayuda a las órdenes del otro, ni tiene por qué dar algo a cambio, esto ya sería un negocio o un favor término muy engorroso que nunca terminé de comprender bien sus límites. Uno puede necesitar una ayuda que no siempre es económica (aunque siempre es con la que se relaciona), alguien que escuche, que te aconseje, que te preste un traje, el auto, te pase a buscar una madrugada que te quedaste sin colectivo, o alguien que te pegue una cachetada para poder reaccionar ante algo.

Personalmente he sido ayudado por muchas personas a lo largo de mi vida, en trabajo, en palabras, en consejos, en dinero, en comida, en ropa, en lágrimas, en abrazos, en sonrisas y en pura amistad, aunque yo me sienta en deuda con todos ellos sé que son incapaces de cobrarme la ayuda o siquiera recordármelo porque son caballeros y damas, seres humanos invaluables. A cambio puede darles mi reconocimiento, mi agradecimiento y ofrecerme a poder ayudarlos en todo lo que me sea posible.

De corazón estas palabras para todos los que con su ayuda transformaron mi vida.

Cuidémonos de las excusas para no hacer caridad, ayudemos en todo lo que podamos y como bien diría Marcela no confundas ayuda con asistencia.

La verdadera ayuda no deja endeudado a nadie, la ayuda no tiene memoria ni se dice ni se acumula, la ayuda es dar en su estado más puro y comprometido.

Iom Bet, 27 de Kislev 5770

amorEsta semana me cayó muy mal el comentario de un amigo de 20 años que me confesó que tiene un profundo miedo a quedarse solo en la vida, a no encontrar el amor, su compañía, aquella persona a quien pueda cuidar y sentirse también amado y protegido por siempre y para siempre. Todo lo que nos molesta es algo que no podemos aceptar de nosotros mismos y este comentario no fue la excepción. Me reconocí en él hace unos años, con el mismo fatalismo, con la misma carga emocional, con el mismo dolor y con la misma lógica.

Después de unos días, escucho a alguien de 30 diciéndome “es injusto que yo no haya encontrado a alguien, no puede ser que haya sufrido tanto, ¿cuándo llegará la persona que es para mí? ¿acaso no merezco alguien que me ame? ¿acaso no soy una buena mujer? ¿hay algo mal en mí?”. Si bien esto tiene su dramatismo, su contexto, y su lógica… no era la primera vez que lo escuchaba, yo ya lo había pensado, yo ya lo había leído, yo ya lo había oído de otras personas y fue cuando la consolaba sabiendo que era totalmente incapaz de hacerlo, que un razonamiento me cacheteó cual revelación divina, como quien pone una luz en ese rincón donde no había buscado y encuentro una respuesta que resultaba tan simple y tan cierta que parecía tener algún error de base que había ignorado por completo.

La suerte es algo inexistente, nos conocemos, crecemos y cambiamos todo en un suceso interminable de conexiones, de eventos uno detrás del otro, (pese a quien le pese) sin destino, sin nada escrito, solo vivimos y caminamos sobre baldosas que nosotros mismos vamos colocando, haciendo un camino hacia alguna parte. La suerte como la conocemos no es real, sin embargo, esta consecución aleatoria de eventos no es más que un azar en sí mismo y un azar para un afuera que no puede controlarlo. Igual es el amor, esta palabra que mil veces se ha tratado de describir pero que aún no termina de definirse, en algunos más intenso, en otros más reflexivo, en pocos no egoísta, en muchos irrepetible y en todos incontrolable. Aquel que afirma poder manipular el amor, decidir a quién amar apasionadamente, hasta cuándo y en qué medida… miente.

Ockham se hace más famoso por su afirmación de “La explicación más simple y completa es la más probable” que por su principio de parsimonia en sí, pero se me vino esto a la cabeza después de encontrar que el 80% de las personas que conozco las conocí por algún hecho fortuito, que de no ser por un hecho fortuito anterior nunca se hubiese realizado y así hasta el infinito. Esto que a veces parece increíble y que casi siempre es atribuido a fuerzas divinas, al destino, la vida, el universo, el tarot o los caracolitos de Andrea del Boca no es más que la frase antes mencionada de nuestro amigo barbero, es decir, que entre la explicación metafísica y la simple, permanece la simple (aunque no necesariamente verdadera) de que las personas que conocemos, exceptuando o incluyendo a los miembros de nuestra familia, los encontramos por haber conocido a otra persona, que casualmente nos presentó a otra, que conocimos de forma casual en un lugar al que no pensábamos ir o en un horario que no debíamos estar.

Este azar interminable le da la mística que llena nuestra mente de magia e ilusiones de que alguien en alguna parte no tiene nada que hacer por el resto de la eternidad que crear juegos complejos e interminables de encuentros y desencuentros, que algunos terminan estériles mientras otros marcan nuestras vidas y las transforman de modo que es impensable cómo sería sin ellos.

El amor por su parte sigue siendo totalmente impredecible y es justamente esto (como el azar en los encuentros) lo que rodea al amor de magia, esperanza y sueños. Obviamente que algún día terminamos tocando el piso y dándonos cuenta de cuántos crímenes podríamos haber cometido en nombre de él, o cuántas vidas podríamos arruinar, casi siempre  la propia, tratando de cambiar al otro o a mí… todo por amor.

Encontrar a quien amar y quien nos ame no es una cuestión de méritos, no es que al cruzar la abuela numero 3.483 automáticamente podemos pasar a buscar en el kiosco más cercano al amor de nuestra vida, no es cuan buenos o malos somos ya que bajo esa lógica todas las personas buenas deberían ser felices y no estar solas. Encontrar quien nos ame no es una cuestión de belleza, ni de poder, ni de inteligencia… es simple cuestión de azar… ni siquiera de estadísticas, es una ruleta de 6 mil millones de números.

Lamentablemente no podemos encasillar al amor en un concurso con requisitos, bases y condiciones… porque es irreal, porque así no funciona por más que nos empecinemos en querer encasillar al amor (no comprendido) en una estructura manejable, entendible y hasta con reglas que no le son naturales como la justicia ¿dónde se vio eso? ¿desde cuándo el amor puede ser justo, bueno, malo, bajito, alto, abogado, guacho, vivo, inteligente o compasivo? el ES punto! podemos desear la muerte o desear vivir eternamente, matar o dar vida, soñar y despertar… todo por culpa de él, pero disculpeme señora que le lleve la contra si le digo que el amor no es consecuencia sino causa y nada más. Nadie esta solo por culpa de una conspiración manejada por altos rangos de un equipo comando que busca nuestra infelicidad y frustración eterna, sino que muchas veces no encontramos a nadie por estar desde elvamos cerrados a esa posibilidad.

La vida no termina a los 20, ni a los 30, ni a los 80 ni en la muerte misma, siempre estamos vivos mientras alguien nos recuerde y siempre vamos a encontrar quien nos ame mientras nos dejemos amar, mientras no nos encontremos a la defensiva, mientras sepamos lo que queremos… mientras podamos amarnos a nosotros mismos y valorar nuestros sentimientos y emociones tanto como las del otro. Pero nosotros siempre queremos el paquete completo, no nos basta con que amigos nos amen profundamente, que encontremos hermanos o padres del corazón que nos elijan como su familia de la vida, no nos alcanza con encontrar compañeros y compañeras que compartan nuestros sueños y nuestras pasiones, queremos el combo completo, creemos que la vida es un McDonald’s o un supermercado en el que podemos pagar con méritos lo que queremos llevar a casa y lamentablemente el amor no funciona así.

La vida es lucha, es ensayo y error, es aprendizaje constante… es entender que de no vivir todo lo que estamos viviendo quizá no lleguemos a lo queremos alcanzar, que de no experimentar con fuerzas este instante y este presente es imposible que lleguemos a un futuro. ¿Cuántas veces nos dimos cuenta al final de una meta, que de no haber sufrido lo que sufrimos, no estaríamos parados donde queríamos?. Necesitamos lo malo para disfrutar de lo bueno, para sentir la diferencia.

Dejemos de creer en la suerte, en conspiraciones, en que estamos solos porque somos deformes o que estamos acompañados y tenemos una familia hermosa porque somos buenas personas, nada de eso es cierto… lo único cierto es que mientras queramos controlar lo que no está a nuestro alcance, lloremos por lo que nunca fue, y demos por perdida una batalla que nunca comenzamos… el sufrimiento nunca se irá de vacaciones a Mar del Plata.

“Aceptar las cosas que no podemos controlar y controlar las cosas que podemos cambiar, es un paso a la responsabilidad, a la madurez y a la felicidad”

Sebastián Tallon

Iom Bet, 1 de Jeshvan 5770

voluntadA fines del mes pasado me llegó un correo que tenía un cuento que ya había escuchado, cito:

“Había dos vendedores de zapatos, ambos viajan a un país de tercer mundo y uno de ellos llama a su esposa apenas aterrizan “Cariño, vuelvo a casa. No hay esperanza en este lugar. Nadie usa zapatos, así que no hay a quien venderle”. Y regresa a su casa en el siguiente vuelo. El otro vendedor llama a su esposa y dice “Mi amor, no me vas a creer lo que encontré acá. Hay una gran oportunidad ¡Nadie trae zapatos puedo venderle a todo el país”. Fin de la cita.

La historia siempre me pareció simplista, y si se quiere también, viene a dividir a los seres humanos en ciegos y visionarios. Hablando con mi alguien recordé una interpretación que le había dado a esta historia que a mi modo de ver tenía un poco más de sentido.

El hombre que llama a su señora para decirle que va a venderle zapatos a todo el país, es el mismo que el primero. En realidad la historia da una lección totalmente opuesta a lo que todo el mundo entiende. No se trata de si sos o no una persona que ve las oportunidades, se trata de estudiar si estas oportunidades son realmente aplicables o no al ambiente y contar con la habilidad para ejecutarlas. Este hombre había recorrido muchos países de gente sin zapatos y en todos ellos había hecho el primer llamado telefónico, porque se encontró con un problema que puede sonarte muy familiar: nadie usaba zapatos, por lo tanto, nadie quería comprarlos.

Un tipo vendiendo bermudas en Alaska me parece más que un visionario un ciego, por no decir un estúpido. El vendedor de zapatos, sabiamente, había huido de lugares donde nadie los quería usar porque sabía que el quedarse y querer cambiar a la gente iba a ser, no solo inútil, sino también una perdida de tiempo y una frustración desalentadora. Es fascinante ver personas empecinadas en venderle libros a gente que no lee, educación al que le gusta ser mediocre, respeto al que avanza pisando a los demás, y amor al que no entiende lo que es ser leal.

A las oportunidades se las ven siempre como burbujas que algunos aprovechan y otro no y que estas burbujitas vuelan por la vida esperando que alguien las agarre, cuando a mí me gusta pensar en una voluntad de las oportunidades. Es la oportunidad la que nos elige y no al revés. No hay nada más triste que alguien tratando de alcanzar aquello que evidentemente nunca será suyo. Para mí no pasa en estar por la vida persiguiendo burbujitas que se esfuman apenas las alcanzamos. No creo que se trate de una cuestión de movimiento y de visión, sino de saber dónde uno está parado.

Cuando conocemos qué clase de camino queremos recorrer las oportunidades vienen a nosotros, nos eligen y saben que las utilizaremos con idoneidad. Las verdaderas oportunidades no las agarra el que corre más rápido sino el que las utiliza con maestría.

Muchos años de mi vida quise venderle zapatos a personas que estaban descalzas, dando interminables charlas de qué, cómo, cuándo y dónde debían tomar la mejor decisión. Hoy entiendo que debo dejar la oportunidad en un mail, en una nota, en un abrazo o en este blog… y que la voluntad de ésta decida quedarse con aquel que realmente sepa utilizarla.

“Ojalá querido vendedor, pronto encuentres un país no solo de descalzos, sino de gente que quiera usar zapatos.

Sebastián Tallon

Iom Alef, 9 de Tishrei 5770

aaagrimaEn mi vida una de las cosas que más me ha costado entender y practicar es el perdón, no por rencor sino por dignidad. Es decir, creo que el perdonar cosas que hieren nuestra dignidad, nuestra entereza, nuestros principios hacen que nos valoremos menos y dejemos que otros crucen límites que no deberían haber cruzado. No tengo problemas en perdonar todo, pero es como si tuviera una suerte de cupo, una cantidad de “perdones” reservados para cada persona. Cuando se llega al cupo puede renovarse o vencerse, como un permiso de conducir por puntos que anda tan de moda. Sí, hay personas que no quiero ver, otras con las que no quiero hablar, otras que no quiero siquiera encontrármelas o mencionarlas, pero no por rencor, sino por protección.

Siempre pensé que el perdón debía ser algo interminable, algo que jamás se acabara, algo que se renovara, sin embargo, con el tiempo me di cuenta que es muy difícil realizar esto sin caer en la hipocresía o en el autoengaño. Mucho reflexioné sobre su significado, si se medía por intención, por acción, por reincidencia, por alevosía, por maldad, por ignorancia, etc. Y a la única conclusión que llegué es que la reincidencia (por lo menos para mí) hace más difícil el verdadero perdón.

Y acá va mi definición del perdón: Es el que nace de una persona que ha comprendido el error que cometió, las consecuencias que tuvo ese error, desea de alguna forma reparar el daño que hizo, y lo más importante… se compromete consigo y con la persona afectada a no volver a cometerlo.

Una de las definiciones más bellas, elaboradas y a la vez utópicas que haya escuchado, es que cuando uno perdona de verdad, este perdón se convierte en una máquina del tiempo que nos devuelve al instante anterior a que suceda el hecho a perdonar. El inconveniente de esta posición es la memoria, creo yo que lo más valioso del perdón es recordar lo que hicimos o nos hicieron y aún recordando lo que pasó saber que lo perdonamos. Si el perdón fuera realmente una máquina del tiempo éste no sería tal… porque quien no recuerda no necesita perdonar.

Hoy creo tener más cosas que perdonar que de las que pedir perdón, y pienso que esta posición es más difícil. Aquel que conoce su error, si se arrepiente pide disculpas, repara o no el daño hecho y continúa, pero qué pasa con el que tiene que perdonar, que pasa con el que tiene que mirar a los ojos indiferentes de una persona que le hizo daño y encima tener que sonreírle, no guardarle rencor y ocultar la herida. Por otro lado pocas cosas son tan dolorosas como ver en los ojos de alguien que te dice “perdoname” que no tiene la más mínima idea de qué te hizo, o de qué se está disculpando.

Pienso que puede perdonarse todo, lo que no se puede, es perdonar muchas veces lo mismo. Eso está mal, porque no hay perdón, hay un trámite, es hacer una cola, sacar un número, poner el sellito y gritar SIGUIENTE!!!. Está bien que perdones, está bien que pidas perdón… pero recordá siempre algo, cada cosa a perdonar es una cicatriz, una herida hecha más de 3 o 5 veces en el mismo lugar ya no cicatriza. Cuidate mucho, no es lo mismo una herida en el brazo que en el ojo, no es lo mismo una herida en la pierna que en el corazón. El perdón no es altruismo, no es caridad no es algo que se regala al que se te cruza por la esquina o al que te quiere limpiar el vidrio, esas son disculpas, expensas, cosas cotidianas; el verdadero acto de perdón es cuando hay una herida de por medio, no confundas perdón con tolerancia, amor con indiferencia, ni cariño por dolor.

Perdonar es algo que se hace con el estómago y el corazón, con la memoria y con amor, no lo tomes a la ligera, no lo conviertas es un cuestionario predecible y prefabricado de “¿me perdonas? ok, gracias”. Reflexioná, pensá realmente lo que hiciste, lo que te hicieron, cuantas veces lo hicieron, si realmente vale la pena seguir exponiéndote a recibir la misma herida, o exponer a otros a dañarlos constantemente.

Hay personas que no pueden parar de dañar, dejando de lado la intención y todo eso, alejate mientras puedas perdonarlo, alejate mientras puedas ser perdonado, no cruces el límite, no esperes a que sea irreversible, creeme que el dolor repetido, la herida reincidente puede incluso borrar los buenos momentos. Perdoná con el corazón, protegete con la cabeza, racionalidad al analizar, sentimiento al perdonar. Es la única combinación válida que encontré hasta ahora, si tenés alguna mejor, por favor pasamela por mail.

Si te herí, si te lastime, si dije o hice algo que no debía, por favor, decímelo, para pedirte perdón, para no volver a hacerlo.

Si me heriste, si me lastimaste, si dijiste o hiciste algo que no debías, por favor decime que sabes qué es, la mayoría de las veces ya lo perdoné antes que me lo digas, solo necesito escucharlo para bajar la guardia.

“Perdonar es un acto doloroso, que se hace con amor, una lágrima y una sonrisa valoralo esforzáte realmente en no reincidir es la mejor paga que se le puede dar al poeta.”

Sebastián Tallon

Iom Dalet, 15 de Av, 5769

bestiaodiosAristóteles decía que un hombre solitario es una bestia o un dios… y perdón por hablar de extremos nuevamente pero ¿acaso no estamos rodeados de ellos?. La soledad en sí resulta ni ser buena ni mala, sin embargo puede convertirte en una persona violenta, resentida, irracional (bestia)… o en una persona de bondad, reflexión y solidaridad… que es a lo que creo que habrá querido apuntar Aristóteles con dicha afirmación. Quizás la frase que más he repetido a mis amigos sobre la soledad es la atribuida a China Zorrilla, (que  en verdad nunca supe si ella la dijo) “La soledad impuesta es lo peor que puede pasarte en la vida, la soledad elegida es lo mejor que puede pasarte en la vida”. Con tiempo comprendí que estar solo por imposición o por elección es exactamente lo mismo.

¿Qué pasa cuando te replanteas quiénes son tus amigos? ¿Qué pasa cuando empezás a meditar en donde realmente te gustaría estar? ¿Qué pasa cuando recordamos lo que soñábamos un tiempo atrás? ¿Qué pasa cuando los planes que hiciste para dos, ahora sólo son para vos? ¿Qué pasa cuando tenés que recordar a dónde perteneces? ¿Qué pasa cuando estas rodeado de personas maravillosas pero te sentís solo? ¿Qué pasa cuando la vida te da oportunidades que sentís que no llegas a alcanzar? ¿Qué pasa cuando tenemos miedo a que nadie nos recuerde?

Hubo un tiempo que fui iluso y creía que el amor podría liberarme de sentirme solo, pensé que el amor podría ocupar ese espacio que todos necesitamos que esté lleno; grande fue mi sorpresa cuando vi que el amor no vino a mí a llenar ningún vacio sino a ocupar uno totalmente nuevo… finalmente cuando se fue había dos espacios vacíos, el segundo más grande que el primero. Fue ahí cuando entendí que las emociones no se reemplazan, las historias no se olvidan, los recuerdos nunca dejan de perseguirnos y por más que nos esforcemos por tener una vida feliz con pequeños e inevitables momentos de tristeza… casi siempre logramos una vida inevitablemente triste con pequeños momentos de felicidad.

He conocido bestias de la soledad con grandes familias, una lista larga de amigos y un nombre respetable; he visto dioses de la soledad recluidos en una habitación sin querer salir, con olor a libro en las manos y una tristeza muy bien disimulada en la voz. He sentido abrazos que hacía mucho esperaban por ser, he acariciado rostros de resignación a las consecuencias de las malas decisiones tomadas. He escuchado a solitarios afirmar mintiéndose que no estamos solos mientras nos tengamos a nosotros mismos; he oído miles de consejos de gente con la panza llena.

Quien nos haya dicho que la vida y la soledad son dos cosas distintas nos mintió, todo ser vivo de alguna manera se siente solo, lo enfrente o no, lo sienta o no, lo piense o no. El “cómo” cada uno la maneja es la forma en que vive, es lo que nos hace distintos, es lo que hace que nadie tenga una vida perfecta porque aunque la soledad nos haga grandes dioses llenos de sentimientos y palabras hermosas para los demás… siempre guardará un momento especial para recordarnos el oscuro camino que nos hizo recorrer.

La soledad y la vida son una, no podemos evitarla, pero sí vivirla acompañado de aquellos que amamos, estar cerca por sí acaso… eso no hará que se vaya, pero de seguro nos ayudará a seguir caminándola.

“Si no hubiera soledad, amar y ser amado no nos daría tanta felicidad”

Sebastián Tallon

3 ago, 2009

Respirar bajo el agua

“Algo especial que escribí hace un tiempo y me gustaría compartir con ustedes, aunque escrito para alguien especial quiero dedicárselo a todos mis amigos”

Or le Iom Bet 13 de Av, 5769

leon1Caminaba como una tarde más, sin entender hacia donde… vi la belleza del mar y arrojé una piedra como queriendo que me hable… sentí un llamado de esas olas… y me anime a entrar… a salir… a salir de lo que conocía y comenzar a mojar mis pies y mi cabeza… cerré los ojos como un reflejo del no conocer… caminaba sin miedos, sin camino pero con algún extraño destino.

Toqué otro cielo, vi otra textura… fue cuando te  percibí, en un rincón… como escondiendo el pecho, como queriendo decir nada… con dolor en los ojos y un sabor amargo en los labios… con pies cansados de seguir… con piernas agotadas de nadar. No podía verte por completo pero de alguna forma te entendí, esos parpados contaban una historia… una historia sin palabras, una historia de lagrimas, un ceño de silencio con nudo en la garganta… te veías tan frágil pero con tantos sueños… respire profundo… y ahí en esa profundidad esa historia de tus parpados me dejo entrever una nobleza que llegaba a mis pulmones, una integridad sensible pero con fuerza… una fuerza capaz de crear las olas más grandes.

Mis dedos no paraban de moverse, de dibujar palabras en el agua… creo que las entendías, creo que me entendiste… más de lo que pensé, más de lo que creíste… mi cabello preguntaba, se movía… de un lado a otro como limpiando mis pestañas, para entender mejor… para respirar más profundo esa nube de arena y misterio que te rodeaba.

Hice una señal de confianza, te ofrecí una roca, una roca que decía amistad, una en la que podías sentarte y descansar, lo suficientemente suave, lo suficientemente fuerte… nos sentamos y el mar nos trajo un mantel… pude verte mejor, pudiste leer mi frente… tocaste mis ojos y comenzaron a hablar… comenzaron a entender, se abrieron para oír… para curar y para fortalecer… con suaves y cortos movimientos de hombros me mostraste como tenía que respirar… una señal de tu mano fue marcándome el ritmo y el compás de esa melodía que sonaba de fondo… esa melodía que empezaste a murmurar con el pecho y a cantar con la piel… sin partitura, sin violines… sin dudar.

Ahora estoy, ahora estamos… sobre una gran piedra que cayó de mi muñeca y que diste forma con tu espalda… ese mantel a nuestros pies no es más que un maestro… uno que junto a los peces de tu universo están queriéndole enseñar a un triste y complicado león del desierto… el arte de respirar bajo el agua.

Sebastián Tallon

Or le Iom Hei, 9 de Av, 5769

ying-yangDesde pequeños se nos marca la diferencia entre el bien y el mal, aquello que debemos y no debemos hacer, esta enseñanza siempre suele basarse en una presunción, es justamente esta presunción de si somos buenos o malos lo que nos obliga a pararnos en alguno de los dos extremos.

El cuestionamiento de si el hombre nace bueno o malo no es nada nuevo, las primeras en hablar sobre esta naturaleza han sido las religiones, bajo etiquetas tales como “pecado original” o “impulso hacia el mal” cayendo en contradicciones lógicas como el haber sido creados a imagen de un Ser Superior perfecto siendo imperfectos, lo que nos hace pensar que en alguna parte del camino, culpa de una manzana, o del libre albedrío algo salió mal y abandonamos la perfección para caminar “erradamente” buscando el bien.

En principio no encontraba la conexión ética entre Maquiavelo y Rousseau, si bien ambos hablaban de política lo hacían, en algunos casos, desde un acuerdo y en otros desde puntas dispares. Por ejemplo coincidían en que era preferible tener el respeto que la admiración de las personas, si bien Maquiavelo lo expresa con una frialdad mayor, ambos conocían que la admiración o el cariño de las personas es algo demasiado efímero y pasajero, y que el respeto o como lo señala Niccolo “el temor” perdura mucho más tiempo que el afecto.

Fue leyendo “Emilio” que encontré la afirmación que dispararía el recuerdo y la conexión más fuerte entre ellos. Mientras leía a Rousseau afirmando que el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad quien lo introduce a éste en la maldad, recordé las palabras de Maquiavelo que un tiempo atrás me habían llamado tanto la atención: “… los hombres siempre te saldrán malos, a menos que la necesidad no los haga ser buenos“.

Mientras Hobbes afirmaba que la naturaleza del hombre está basada en la desconfianza, la competición y el deseo de fama y que si no existieran sociedades el hombre estaría en un estado de guerra constante; Rousseau cree que estos vicios no están en la naturaleza del hombre basándose en que “como máxima incontestable, los primeros movimientos de la naturaleza son siempre rectos; no hay perversidad original en el corazón humano; no se halla en él un solo vicio que no se pueda averiguar cómo y por dónde se introdujo”.

Ante la obvia contraposición de Nicolás Maquiavelo y Jean-Jacques Rousseau, no pude dejar de notar que mientras Rousseau se concentra más filosóficamente en hablar de la naturaleza “original” del hombre, Maquiavelo es más pragmático hablando del accionar del hombre ya en la sociedad. Por lo que si bien existe una contraposición ideológica ésta no está presente en la práctica.

Es decir, Maquiavelo en “El Príncipe” muestra los comportamientos más bajos “moralmente” hablando, pero no las cuestiona en su naturaleza sino mas bien las da por hecho, basado en su experiencia empírica. Rousseau, sin embargo, se expresa más a priori en lo que refiere a la naturaleza del hombre.

Por lo tanto estos dos grandes pensadores aún tienen un punto donde pueden conciliar.

Para esta conciliación es importante primeramente señalar que Maquiavelo es una de las figuras más demonizadas en cuanto a ética o moral se refiere, la mayoría de las personas que lo critican no lo han estudiado a profundidad, y aquellos que lo hicieron no dejan de señalar su crudeza y frialdad, pero les es imposible discutir la veracidad de la mayoría de sus afirmaciones. Nicolás Maquiavelo en ningún momento pretende ser gentil o amable en sus deciros, por el contrario es lo más franco y directo que se puede ser.

Sin embargo, esta frialdad que la ha merecido la invención del “maquiavélico” como sinónimo de algo cruel, hipócrita o desalmado; está ausente en quien recorre con cautela sus palabras, ya que haciéndolo se descubre un hombre fiel a sus convicciones, sin miedo al qué dirán y con un pragmatismo que le ha proporcionado su buena fama.

Si algo importante podemos decir de su concepción ética es que Maquiavelo insta a hacer lo correcto y no el bien o el mal, para él lo correcto a veces implica hacer el mal y a veces el bien, sin embargo, señala con especial cuidado que recurrir al mal no significa quedarse en él, por el contrario aquel que utilice la crueldad o la maldad debe ser muy cuidadoso y prudente, y sólo debe hacer usufructo de ella cuando los otros medios hayan sido agotados.

Por lo tanto señalar a Nicolás Maquiavelo como un personaje malévolo y perverso se aleja de la verdad, es más, personalmente creo que tiene una moral mucho más práctica, sus consejos y máximas son claramente intemporales y aplicables aún hoy habiendo pasado casi 500 años desde “El Príncipe”.

Rousseau por su parte, está estrictamente ligado a las concepciones políticas de Hobbes y Locke. Jean-Jacques influenciado en parte por las 19 leyes de la naturaleza de Hobbes propone que la libertad del hombre puede ser alcanzada sólo a través de un pacto o contrato social en el que cada uno cede sus propios derechos de gobernarse a sí mismo a los demás, por un bien común.

Es bastante claro entonces que mientras para Maquiavelo el hombre es un ser limitado no sólo en el plano ético sino en el de su libertad, para Rousseau “la libertad es la obediencia a la ley que uno mismo se ha trazado“.

Por esto cabe pensar que más que éticas contrapuestas, éstas pueden ser complementadas sopesando también la cuota de utopía en la concepción política de J.J. Rousseau totalmente basada en afirmaciones subjetivas y a priori.

Obviando lo coyuntural de esto último podríamos incluso ver en Rousseau una propuesta a los males que Niccolo nos refriega de forma tan peculiar.

“Si el fin justifica los medios, procuremos que ambos respondan a nuestra naturaleza de bondad.”

Sebastián Tallon

Or le Iom Hey, 17 de Tammuz, 5769

Quien se ha llevado mi quesoHace unos 15 años caminaba por la Avenida Corrientes, frente al teatro San Martín había un artesano hippie con muchas cositas súper originales, me mostró un tubito bastante extraño, me dijo que tenía que mirar por el agujero de uno de los extremos y girarlo. Lo que vi me pareció maravilloso: los colores y las formas me dejaron asombrado; mientras no paraba de mirar embobado por el tubito extraño el artesano dijo unas palabras que nunca pude olvidar “no importa cuanto tiempo lo veas, siempre te va a mostrar algo diferente”.

Algunos años más tarde supe que era un caleidoscopio. Los libros y yo tenemos un matrimonio polígamo pero solo con algunos de ellos tengo una relación caleidoscopiana, no importa cuantas veces los lea, de que forma, en qué lugar, siempre muestran algo diferente, siempre enseñan algo diferente.

“¿Quién se ha llevado mi queso?” es uno de ellos. Ayer tuve la oportunidad de leerlo de nuevo, esta vez conociendo ya el mensaje principal y lo que decía, mi cerebro prestó atención a la parte final. Haw descubrió que el cambio era algo bueno, pero también descubrió que sin importar lo que le diga a su amigo Hem no podría convencerlo para que él cambie, literalmente:

“… entonces comprendió que ya había intentado que su amigo cambiara. Hem tendría que encontrar su propio camino, ir más allá de sus propias comodidades y temores. Eso era algo que nadie podía hacer por él…”

Y ésta parte fue la que se mostró en el caleidoscopio ayer. A veces me siento como un vendedor, de esos que tocan el timbre en la siesta y preguntan si no querés un poco de lechuga fresca o una linda y barata alfombra para que no te resbales y te desnuques en el baño.  Largas charlas con amigos, y no tan amigos, para que cambien, para que reflexionen, para que superen sus comodidades y sus temores me hicieron reflejarme en esta historia y eso que creí que había superado lo de predicador.

Una persona que conocí no se cansaba de repetirme “la gente NO cambia”, es raro que una frase así venga de una psicóloga, sin ánimos de desprestigiarla: nunca la escucho, no quiero escucharla, por más que en el 99,9% de los casos tenga razón no quisiera creer que la gente está imposibilitada a cambiar. Pero tampoco quiero pensar que cada uno tiene que encontrar su propio camino y punto porque eso haría mi vida muy aburrida, este blog no existiría y para la alegría de muchos que me quieren y odian sería una persona muy callada.

Entonces, recordé que Haw había hecho algo además de tratar de convencer a su amigo, había escrito frases en las paredes del laberinto a la largo de su recorrido cual migajas de pan Hanselgretianas, para que si Hem en algún momento decidía cambiar pudiera seguir el rastro.

Muchas personas en mi vida me han dejado carteles en las paredes con frases, reflexiones y mensajes que me ayudaron a recorrer el laberinto, aún sigo buscando mi Queso (con Q mayúscula), pero también me gusta escribir en paredes como este blog lo que creo que puede ayudar a otro a caminar por la vida, no por ser un gurú que puede guíar a todo el mundo a la felicidad, sino porque no está bueno recorrer el laberinto solo. Algunos los leyeron y van más adelante que yo, otros aún lo reflexionan, pero solo algunos saben que no solo escribo para ellos, escribo para que si algún día me pierdo y nadie me encuentra… vuelva a comenzar, vuelva a pensar y a preguntarme:

¿Qué harías si no tuvieras miedo?

Sebastián Tallon

Iom Alef, 9 de Iyar, 5769

claude-monet-les-coquelicotsDe chico siempre tuve una imagen muy clara en la cabeza, era la de dos personas frente a una muralla de unos dos metros, de ladrillos rojos simétricamente construidos; detrás de la pared estaba “Les Coquelicots” de Monet, ese paisaje soñado, lleno de serenidad, belleza y horizonte sinfín. Una de las personas se encontraba de pie, mirando de frente la muralla con la nariz casi tocando los ladrillos, la otra estaba parada encima de algunos libros apilados mirando el precioso paisaje detrás del muro.

Y como toda imagen que uno conserva desde la niñez, incontable cantidad de veces encontré significados distintos y lecciones hermosas en ella. La más frecuente era conocer gente que estuviera en la posición de alguna de estas dos personas, con la misma frecuencia hacía intentos por explicar que uno siempre debía crecer o utilizar el conocimiento sobre uno mismo para ver lo que hay del otro lado.

Esto pasa a niveles individuales y colectivos, me sorprende ver grupos, ciudades y países enteros mirándose el ombligo, concentrándose en los ladrillos, en cuantos son, en cuál es su color real, si son fuertes, si puede caérseles encima o nunca falta también, el que dice que no debería ser de ladrillos sino de hormigón. No hay forma de hacerles comprender que la belleza, el futuro, las metas… todo, está del otro lado.

Ojo, creo que muchas veces es importante mirarse el ombligo, ver nuestros orígenes, mirar dentro de uno mismo, pero para conocerse, para proyectarse, para alcanzar lo que hay detrás de ese muro. Como todo extremo los que no dejan de mirarse el ombligo confunden autoconocimiento con egoísmo, e individualidad con personalismo; las consecuencias están a la vista.

Cuando aprendamos a pararnos sobre el conocimiento de nosotros mismos, cuando usemos la muralla como un desafío y no como el problema, cuando ayudemos al que está a nuestro lado, a que mire del otro lado… y principalmente cuando dejemos de pensar que porque veo del otro lado del muro soy superior al que todavía lo tiene enfrente… ahí vamos a entender que nadie puede dar lo que no tiene, y que sólo la búsqueda de la belleza y del futuro nos llevará a dejar de mirar los ladrillos y nuestro ombligo y proyectarnos como individuos, como sociedad y como humanidad a un camino lleno de bellas amapolas.

“No siempre lo que tenemos enfrente es todo lo que nos queda por delante”

Sebastián Tallon

24 dic, 2008

Cambió la cotización

Or le Iom Dalet, 27 de Kislev 5769

flor y yoAyer recibí dos llamadas una casi pegada a la otra, en la primera me llamó un amigo, en la segunda un conocido que estimo bastante; poco después de cortar me dí cuenta de algo que no me gustó mucho. Mi amigo me había llamado, para pedirme algo en tono poco agradable… me puse a pensar y no pude recordar la última vez que me había llamado única y exclusivamente para preguntarme un sincero ¿cómo estas? y para mi sorpresa mi conocido me llamó porque andaba preocupado por mí.

A mi entender, siempre en nuestra mente debemos tener a alguna/s persona/s como respaldo, en la mayoría de los casos estos respaldos son los padres. Son esas personas que sabemos que no importa cómo estemos, qué hayamos hecho, en qué nos hayamos metido ellos están ahí para ayudarnos a zafar. Si tus respaldos no son tus padres esto probablemente se debe a cualquiera de estas dos razones:

1. Están muertos.

2. Los papeles se invirtieron.

Hay un punto en la vida (no en la de todos) en la que este rol de resguardo/resguardado se invierte, y el hijo pasa a ser el respaldo de los padres o de uno de ellos. Esta extrapolarización de roles hace que quede una sensación de soledad, un inconsciente “a quien recurro” y es ahí donde las palabras de Jean Alphonse Karr cobran vida:

“Los amigos: una familia cuyos individuos se eligen a voluntad”.

Los amigos o uno de ellos se convierte en ese resguardo que ya no son mamá y papá. Este respaldo es más que necesario en las situaciones difíciles por lo que la reciprocidad es justa.

Y en el caso que estés en pareja, pensar que tu pareja es tu respaldo no es algo muy acertado. Una pareja es por lo general una misma cosa, son uno, ¿como puede ser respaldo del izquierdo el lado derecho de tu cuerpo?… ante la sacudida ambos se desequilibran por igual, o en el mejor de los casos uno estira al otro a la caída.

La amistad ya no puede medirse por utilidad o por cuánto me sirve mi amigo, son una familia que uno elige, y la familia es en cada uno la estructura de su vida. Probablemente como les vaya a la mayoría de tus amigos te irá a vos también, porque son tu entorno tu ambiente, te influencian y los influencias… son la familia que elegiste.

¿Cuándo fue la última vez que un amigo te llamó simple y sinceramente para saber como estabas? ¿Cuándo fue la última vez que vos lo hiciste?

La cotización de tus amistades es el valor de la familia que elegiste, y la inversión de tus futuras caídas.

Sebastián Tallon

¡Jag Sameaj Janukah y Feliz Navidad para todos!

Or le Iom Bet, 4 de Kislev 5769

Si algo he aprendido en estos años, es que por el contrario de lo que uno piensa (o la mayoría manifiesta) la sinceridad, molesta. Parecería ser que tanto nos hemos acostumbrado a la ausencia de ella que más de una vez escucho “aunque sea me podría haber mostrado una sonrisa falsa”.

La sinceridad se ve hoy como un signo de mala educación, de persona conflictiva, de falta de diplomacia, confundiendo esta última con un sinónimo de hipocresía. Émile Herzog decía que la sinceridad no es decir lo que uno piensa sino, nunca decir lo contrario a lo que se piensa. Y acá es donde por lo menos yo me replanteo el sentido de ser sincero.

Las miradas y los gestos que generan de forma automática el decir eso que se siente y que nadie se anima, se toma como un acto desubicado, como algo escandaloso. Por supuesto que coincido si en este momento estas pensando “claro… pero depende de la forma en que se dice”… y sí la forma de comunicarlo es esencial, pero a muchos les gusta jugar a la “objetividad” a lo que yo digo lo digo sin tomar parte en nada, yo soy neutral, yo soy imparcial. Y eso no existe, nadie va a poder expresar algo con sinceridad sin estar afectado, influenciado o motivado por algo personal.

Por eso me gustó tanto la frase de Émile, porque no se trata de decir todo lo que uno piensa de una forma ordinaria, maleducada o soberbia, sino de por lo menos nunca ir en contra de lo que uno cree o siente como un valor o principio personal. Tendríamos que ver a la sinceridad más allá del concepto de atropello o verdad con intención hiriente y dejar de usarla con ese fin.

Gracias a Angel (uno de mis grandes maestros), pude entender que la verdad y la mentira en sí no son ni buenas ni malas, sino que son herramientas, ambas pueden hacer daño y ambas pueden hacer bien; el punto está en quién la usa y con qué fin. Y creo yo que la sinceridad va mas allá de una herramienta como lo puede ser la verdad, para mi se trata mas de una actitud, de una forma de encarar a la vida y a las personas.

Y lo más paradójico de este tema es que todos hablan de la sinceridad como una virtud pero la practican y la juzgan como un antivalor, y más de una vez en la vida me pregunté ¿por qué siendo sincero y diciendo las cosas de frente a veces me salen tan mal?… si tenés algo parecido a una respuesta… hacemela llegar me va a ser de mucha ayuda.

Como diría Calamaro “La honestidad no es una virtud, es una obligación”.

Sebastián Tallon

Or le Iom Hei, 3 Tishrei 5769

Así como en algún momento se hizo con “la libertad” hoy se habla mucho del “cambio”, hace meses que esta palabra se viene “sobre-utilizando” por no decir prostituyendo. Muchísimos todólogos pululan por todos los medios de comunicación incluso en las habituales charlas de amigos, dando la receta mágica del cambio, la fórmula del elixir que súbitamente nos llevará de nuestra realidad actual a un país soñado en el lapso de tiempo en que usted prepara su tereré.

Del galo y luego del latín viene la palabra “cambiar” (transformar o convertir), y siempre me gusta ir al origen de las cosas, porque (aprovechando el juego de palabras) es allí (en el umbral de todas las cosas) cuando uno puede comprenderlas para luego cambiarlas. Entonces me pregunto: ¿Fuimos al origen de lo que queremos cambiar?

Todos tenemos algún tipo de orden de prioridades de aquello que nos gustaría ver diferente, seguramente va desde lo más primordial hasta lo más superficial, sin embargo, en algo casi todos coincidimos en colocar en primer lugar… “La educación”.

Un pueblo que realmente batalla contra la ignorancia y la mediocridad es aquel que logra sus sueños, pero tanto nos apuramos en soñar que nos olvidamos de aquello que convierte nuestros sueños en hermosas utopías: el “oparei”.

Recuerdo a un amigo haciendo una grandiosa historia sobre una tierra perdida en los recuerdos llamada Paraguay, que fue desapareciendo de a poco gracias a una combinación de palabras malditas: “Así nomás…”.

El cambio creo yo que llegará, el día en que dejemos de ser tan mesiánicos con nuestras esperanzas y tan cómodos con nuestras acciones, cuando dejemos de pasar por alto la mediocridad y el conformismo, cuando cumplamos la ley no por miedo al castigo sino por amor a una sociedad armónica, cuando dejemos de pasar por abajo del molinete por la fatiga de cumplir con los estándares, cuando aprendamos a copiar lo mejor de los mejores sin perder nuestra identidad, cuando dejemos de hablar tanto del que pide soborno y castiguemos al que lo paga, cuando aprendamos que el cambio comienza por lo que le enseño con mis actos a mis hijos y a mis amigos… cuando entendamos que la critica debe ser constructiva y que no debe derribar al que está haciendo algo, sino ayudarlo a realizarlo mejor…

Y aquél día en que dejemos de pensar todo esto como un imposible más, aquél día que cada uno forme con amor y patriotismo el ladrillo que aportará a la construcción de una sociedad más justa y sabia… ése día por fin comprenderemos que educándonos con excelencia en la tolerancia, el respeto y la solidaridad conseguiremos hacer de nuestra preciosa utopía guaraní… un hermoso lugar para vivir.

Sebastián Tallon

Escrito para la Revista Órbita Octubre de 2008

Iom Alef. 23 de Av, 5768

Voltaire dice en su diccionario filosófico que la tolerancia es el bien común de la humanidad. Mucho medite sobre esto, y créanme que nada es más fácil que meditar sobre la tolerancia, porque ésta no es una fórmula secreta, mítica e indescifrable. Es muy sencilla de comprender pero una de las más difíciles de poner en práctica.

Uno siempre suele confundir al principio la tolerancia con el aguantar o soportar algo o a alguien, pero, lamentablemente para los que ahora la comprendemos y debemos practicarla, sabemos que es en sí, lo contrario a aguantar.

Soportar o tragar algo es básicamente una actitud egoísta, soberbia y muy amarga. Es ese falso sentido en el que “yo inmolo mis palabras para no ponerme a discutir con alguien o sobre algo que yo sé que tengo razón pero que vos no vas a entender”. Aguantamos incluso mucho más de lo que pensamos, entonces acumulamos, tragamos, implotamos y también sufrimos.

Incontables veces en mi vida me encontré con personas (como mi vieja) que hasta enfermaban por tragar y soportar. Lo peor de hacer esto es que se sufre, uno se calla y no se aprende nada. Esto hace que nos encerremos en una posición cada vez más egoísta, más altiva, más soberbia y más hermética. Por supuesto lo único que trae esto es: violencia, insultos, guerras, discusiones y todo eso que estamos tan acostumbrados a ver en la tele, en el trabajo y en casa.

Y es cuando uno comprende el verdadero y sencillo principio de la tolerancia cuando las cosas se complican, porque bien sabemos que las virtudes no son cosas que uno compra en la despensa junto con la coca y un paquete de puchos; éstas siempre traen en principio conflictos internos, a veces mal estar e incluso nos convencen que nadie merece esa virtud porque nadie la práctica con nosotros, tácitamente asumimos entonces que la tolerancia es casi inaplicable en un mundo tan intolerante con los que piensan distinto, hablan distinto, creen distinto, y actúan diferente a la masa.

Volviendo a Voltaire, él explica (a mi entender) la consecuencia de practicar la tolerancia y no la acción de la virtud en sí; no nos dice qué tenemos que hacer, sino que nos explica que trae consigo. Y digamos en esto que Voltaire era un buen vendedor, nada bueno es gratis por lo tanto explicarnos lo que deberíamos hacer sería ahuyentar al cliente. Y como yo soy un pésimo vendedor… he aquí mi forma de pensar sobre qué es practicar la tolerancia.

Practicar esta virtud se resume simplemente en “Ponerte en el lugar del otro y comprender de forma objetiva por qué está haciendo y diciendo eso que nos molesta o que va en contra de lo que nosotros creemos correcto”. (Sí señora no soy muy bueno para explicarme en pocas palabras, compréndame soy hijo único)

Esto implica silencio, templanza, objetividad, perdón y por sobre todo introspección. Mientras uno no enfrente la vida con tolerancia, está condenado a la soberbia, a la soledad, a la violencia y a la ignorancia. Y lejos de querer emitir un juicio o pasar como el que me las sé todas, comento todo esto desde experiencias propias. Muchos debates, charlas y discusiones he tenido, no quizás las suficientes pero si bastantes. Cada vez que en éstas aplicaba la tolerancia aprendía algo, cuando soportaba las boludeses que el otro decía me limitaba a calentarme, desubicarme y encerrarme en mi supuesta verdad.

Cuando uno escucha, charla o piensa desde la tolerancia, el pensamiento es siempre el mismo “puedo aprender algo de esta persona o de esta situación”, y exponiendo mis argumentos y mis razones debo estar abierto a encontrar mis propios errores en las palabras del otro para así crecer, sino se cae en querer convencer al otro de lo que yo pienso y de lo que yo llamo verdad.

Gracias a la intolerancia, se han perdido parejas, familias enteras, relaciones laborales, sociedades comerciales, alianzas políticas, amistades etc. etc.

Vuelvo a decir que no es fácil ponerla en práctica, y acá esta la vuelta de rosca… no es fácil al principio… practicarla de forma constante templa el carácter, nos hace más comprensivos, bondadosos, solidarios y abiertos. Pero ojo, que la tolerancia tiene dos etapas, la fácil y la difícil. Es relativamente fácil ser tolerantes con nuestro hijo o con nuestra novia, pero cuan difícil es ser tolerantes con ese tipo que no aguantamos, con ese profesor o compañero que no soportamos. Y créanme, amigos que se engancharon a leer mis desorganizados pensamientos, que la verdadera es la que más nos cuesta… pero a su vez la que más resultados trae.

Finalmente, si realmente querés el bien de tu familia, de tu ciudad, de tu país, de la humanidad en plenitud; practicá la tolerancia y descubrirás por vos mismo por qué ella traerá un bien común a todos si empezamos a practicarla.

“¿Y por casa como andamos?”

Sebastián Tallon

Or le Iom Gimel, 11 de Av, 5768


Quizás preparándome mentalmente para leer muchos tipos de pensamientos, decidí reafirmar los propios, porque sino correría el riesgo de caer en la mediocridad de a cada tipo de pensamiento o teoría leída convertirme en un acérrimo y fanático creyente.

Para ello… volví a uno de mis pensamientos, filosofías y herramientas propias que más ejercito: el criterio.

Más de una vez por día me encuentro en la situación interna de pensar “¿cómo fulano o fulana puede cambiar tan drásticamente de pensamiento o de forma de actuar por un evento X ?”, y explicando un poco más este ejemplo tan general prosigo; es una desagradable sensación el no poder percibir una pizca de criterio en muchas de las personas con las que diariamente me relaciono a nivel laboral y social.

Falta de criterio llamo a estas personas que porque leen un libro de Bucay, Coelho o esta variedad de libros autoayuda (que lamentablemente muchas veces funcionan más a nivel autoengaño), entran en un evidente estado de entusiasmo que a los pocos días, o con suerte meses desvanece… no quiero que se entienda que estoy en contra de estos libros, los he leído a muchos de ellos y me han enseñado cosas muy útiles y principalmente prácticas. Pero a lo que voy es que, cuando uno posee el bendito criterio puede (sin alterarse ni invalidar el documento o el emisor) separar lo útil de lo que no lo es, lo que me sirve de lo que no, de lo que es cierto y de lo que es mentira. Sí sí ya se… puedo escuchar a tu cabeza retrucando “¿quién sabe lo que es verdad y lo que es mentira? Nadie es dueño de la verdad” Aristóteles muy equivocado en muchas cosas y muy acertado en otras afirmó “La única verdad es la realidad” frase atribuida contemporáneamente en Argentina al Gral. Juan Domingo Perón.

El criterio me permite a mi comprender que, “El Secreto” de Rhonda Byrne es un excelente libro y película-documental pero por más que me visualice viviendo eternamente, probablemente esto me lleve a tener hábitos saludables que me hagan un longevo pero no creo bajo ningún punto de vista lograr hacerle “oso” a la muerte. Es decir, el criterio es lo que nos permite diferenciar lo real de lo posible, lo práctico de lo teórico y lo positivo del positivismo ciego e inútil que solo lleva al autoengaño.

Un escritor francés llamado Francois de la Rochefoucauld, sabiamente dijo en el siglo XVII “Todo el mundo se queja de no tener memoria y nadie se queja de no tener criterio”. La ausencia de criterio que bien podríamos llamar criterismo (primera y única vez que aclararé que es un sarcasmo) es una de las enfermedades sociales que más se van extendiendo.

Hace aproximadamente un año y algo realicé un entrenamiento de liderazgo, fue muy bello y lleno de aprendizajes, sin embargo, había muchas cosas que a mi no me cerraban, que mi criterio me decía esto no es así… y simplemente las tomaba con pinzas o las sobre-analizaba. Sin embargo, el efecto en el resto de mis 80 compañeros era eufórico, despersonalizado, y totalmente falto de análisis, lo que se decía allí de pronto parecía ser la única verdad absoluta y la indiscutible solución a todas las problemáticas del día a día, de corto y largo plazo e incluso de la vida misma.

¿Por qué afirmo esto? Porque si me baso en lo dicho por Aristóteles, la realidad es que el 95% de ellos está igual que antes solo que con conocimiento de causa; todos aquellos con los que había compartido este entrenamiento parecían hablar de la nuestra amistad que se había formado allí, como eterna, sin embargo el día de hoy no tengo contacto ya con ninguno de ellos. El entusiasmo se les pasó, no supieron filtrar con criterio lo que era práctico y útil de lo que no lo era y cometieron el grave error de invalidar todo lo aprendido porque una formula no funcionó.

El objeto de esta reflexión es que, el criterio para mí es el mejor de los filtros, es el que nos permite diferenciar lo sincero de lo engañoso, y lo aplicable de lo no-práctico. Pero no puede haber criterio donde no hay conocimiento sobre uno mismo, y digo esto porque uno no puede tener este ansiado filtro si por lo menos no tiene una mínima idea de donde está parado, de qué quiere, o quién es.

Ejercitar el criterio es demasiado sencillo (por lo menos en teoría), andá y prendé la tele, mirá el noticiero, leé el diario, un libro, o simplemente escucha la radio; y si crees en cada opinión y/o información que escuches o leas, de una forma casi automática… hay que limpiar el filtro, porque si de algo estoy seguro… cada uno forma su verdad… y si volvemos a re leer el pensamiento de Aristóteles puedo afirmar:

“Cada uno forma su propia realidad, cada uno forma su propia verdad”

Éxitos en la búsqueda.

Sebastián Tallon

10 ago, 2008

A modo de preludio

Iom Alef, 9 de Av, 5768

Hay muchas cosas por decir, ésta es una de mis tantas facetas, ojalá no se conviertan en personalidades o Rodrigo tendrá mucho trabajo.

No soy un pibe común, ¡para nada común!. Por lo tanto cualquier pretensión de que esto sea algo ya visto debería ser abandonada después de esta línea.

Como buen leonino, antes de hacer este blog, que creé por el año 2006 como quien piensa que algún día escribirá algo, verifiqué que no haya cosa parecida pululando por Internet. Al principio quería hacer dos blogs, uno en el que pudiera explicar el día a día de estudiar periodismo y el otro lo mismo pero de filosofía, Como encontré blogs de estudiantes de periodismo y uno de un estudiante de filosofía… dije hagámoslo bien a lo Seba y fusionemos todo a ver que sale. Un 9 de Av no es el mejor de los días para iniciar algo, pero me parece que es válido expresarme sobre estas dos carreras que para la vista gorda de cualquiera no tienen nada que ver, pero que dentro mío coexisten. Y aunque obviamente muchos post degeneren en catarsis personales y quizás inentendibles para otros… prefiero apoyarme en una de las frases escrita en la pared por Haw: “¿Qué harías si no tuvieras miedo?”

Soy un firme creyente de que las carreras o títulos no te hacen alguien más a quien fueras previamente a tener el Lic. o Dr. antecediendo a tu nombre, siempre las vi como una herramienta de proyección del propio ser hacia el afuera. Pero a todo esto deviene algo que repito mucho entre mis amigos: Tanta gente hace  ostentación de su “derecho” a la libre expresión, sin embargo, se olvida que para ejercer un derecho es menester cumplir una obligación; y en la libertad de decir lo que a uno se le canta, pesa el deber de saber de qué se está hablando. ¿Quién no está cansado de la gente que habla sin propiedad?

Por esto y por miles de razones más que no me voy a poner a explicar en el primer post, que es en el que uno más esmero pone y el que menos es leído… prometo sí, que si te convertís en un lector frecuente vamos a descubrir muchísimas cosas que condimentarán nuestro intelecto.

Al principio hablaba de mis facetas, una de ellas es la de escritor, me encuentro escribiendo un libro hace un año, que espero pronto terminar; también me considero un buen amigo y consejero… arma de doble filo pero que siempre está presente en mis charlas. Casi me olvidaba que pasé gran parte de mi vida dando conferencias de teología, aunque ahora me dedique a la Informática (…), ojo que también amo la música y charlas con amigos, soy un docente de alma que utiliza la comunicación como principal herramienta para aprender enseñando. Y acá hago un stop porque esto siempre se mal entiende… no me considero un profesor sabio iluminado… pero sí una persona que por naturaleza quiere compartir con los demás, explicar, ejemplificar, etc. porque todos tenemos algo para enseñar y aprender.

Este juego de aprender enseñando es el que más resultado me dio en la vida, he aprendido tantas cosas de mi mismo y de los demás, que no podría decir que tengo un solo mentor o maestro. La mayoría de ellos no son personas “iluminadas”, reencarnaciones de antiguos sabios, ni tampoco monjes castos y puros… se podría decir que por el contrario la mayoría de las personas de las que he aprendido cosas son señores o señoras, pibes o pibas, libros o discos totalmente mal de la cabeza (así como yo), he desarrollado una increíble capacidad de aprender de esa gente que no tiene nada para enseñar, de los que te hablan de humildad y viven en arrogancia, de los que se dicen hombres y mujeres de bien y pregonan virtudes a los cuatro vientos pero sus vidas lejos, lejos, lejos están de ser siquiera un reflejo malformado de sus palabras.

Pero para ser justos, cuento con 7 maestros a los cuales admiro, personas de las que no me canso de aprender y principalmente de ver en sus vidas la preciosa coherencia que llevan entre palabras y actos. Lección hace mucho aprendida por uno de estos 7 maestros: Marcela, quien inequívocamente me enseñó hace ya unos 5 años… “Seba… guiate por lo que la gente hace y no por lo que dice”.

Teniendo tantas facetas y mambos en la cabeza, queriendo estudiar tantas carreras que si las enumerara no podrían evitar poner esa sonrisita burlona, pensé: “por algo hay que comenzar” y dí el puntapié inicial comenzando la carrera de Periodismo y la de Filosofía.

Bienvenidos a este espacio, en el que encontrarán una pintoresca ensalada de todo… pero vuelvo a prometer, que este mejunje de cosas enseñarán algo y como ya les dije… de esa enseñanza yo, aprenderé más que ninguno.

Sebastián Tallon

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